Juan Evangelista Arbeláiz Arbeláiz.
Foto de Ricardo Alfonzo Rojas, en 1913.
El
Curandero
Manuel Soto Arbeláez
Aquel anciano de aspecto distinguido, luenga y bien cuidada barba blanca, vestía siempre de las misma manera: Liquilique de lino blanco bien planchado, sombrero pelo e’ guama medio terciado y finas alpargatas de capelladas negras. Todo el diario atuendo acompañado por inmancable mandador de verga y cuero de toro negro. Su tez blanca, ojos azules y profundos le comunicaban uno como aspecto de profeta creíble. Esa credibilidad iba acompañada por un lenguaje corto, preciso y conciso. Usaba las palabras exactas y estrictamente necesarias para definir una situación; todo acompañado por un dejo indefinible, entre llanero y oriental. Nunca dijo a nadie dónde y cuándo había nacido. No se le conocía mujer fija, pero en su juventud nunca perdió “un chance”; por el contrario lo buscaba, lo apetecía, lo disfrutaba, después se hastiaba y “hacia otro amor seguía”.
Fue
en sus andanzas por el llano cuando aprendió el arte de la curación, tal vez de
los indios lugareños, mediante el uso de yerbas, guarapos, calentaos, huesos,
sangre y mantecas vegetales o animales. Eso sí, nunca tocaba al paciente. Se
sentaba de frente a él con las piernas abiertas y la barbilla sobre el
travesaño superior del espaldar de una silla, a oír la explicación de la
dolencia que aquejaba al interlocutor. Como anotó Alfredo Armas Alfonzo: “El
médico infalible debió conocer todos esos secretos de que estaba lleno de contacto
de una realidad social que carecía del recurso de la medicina patentada, así
como no disponía del servicio de la farmacia y aún del médico” (…); pero el
anciano distinguido no cejaba en su empeño curativo.
Puede
decirse que practicaba en el siglo XIX la moderna deontología médica de no
ocultarles nada al enfermo y a sus familiares. Ante el paciente Catamo de quien
le dijeron que orinaba la sangre, recomendó a los parientes: “Miren hijos, es
mejor que le vayan cosiendo la mortaja”. Un familiar ripostó: “Pero si mamá
dice que es cosa de Dios hacerle algo”. Dice el mismo Alfredo Armas Alfonzo que
la respuesta lacónica fue: “Bueno, sí como no. Convoyá a la gente al velorio”.
Dice Armas Alfonzo que “Ni el mar de llanto de la sobrina Catamo parecía
conmover a aquel hombre para quien la muerte no se le ocultaba en los ojos
tensos de la culebra macagua, en las heridas del tétano, en las fiebres
intermitentes del paludismo, en los males crónicos del riñón debidos según a la
sal de las ciénagas y pudrideros de pescado del verano de Unare; a las diarreas
y enteritis; al cólico miserere o a la tisis”(...).
El
Curandero sabía por larga práctica que no había nada mejor para calmar los
espasmos menstruales que un buen cocido de escorzonera aliñado con canela,
dosificado al levantarse y al acostarse. Con este brebaje también curaba a las
mujeres con las reglas locas, o “desarregladas”, como él las llamaba. A la
mujer estéril debía dársele de desayuno alas de zamuro asadas, por un período
mínimo de seis meses; el empeño adicional corría por cuenta del “hombre de la
casa”. De un alemán, que vivió en Zaraza y Tucupido, aprendió una receta, a
base de drogas, para hacer que la mujer árida concibiera fruto en su útero.
Para ello preparaba en un pocillo de peltre una solución a partes iguales de
elixir ponte, elixir steire y citroferrol, el cual debía tomar la mujer durante
y cinco días después de la menstruación.
A
los hombres viudos que en las noches llenos de deseo carnal recordaban a la
difunta, les recomendaba comer carne de zorro bien salada, pues “esta carne
enfría el cuerpo al estar necesitado de mujer”. Aseguraba que en ciertos casos
de locura erótica “esta carne también cura a los desvariados”. A los dolores de
rodilla los aliviaba con hojas molidas de pazote y hierbabuena, apelmazadas con
sangre de gavilán y para asegurar una buena cura recomendaba, tanto a hombres
como a mujeres, “Refocilarse solamente acostados, para no debilitar las
coyunturas de las rodillas”.
La
rinitis se curaba asoleándose el galillo con la boca abierta hacia el sol del
mediodía. Diez cabezas de ajos machacados en un pocillo de ron, tomados durante
una semana, eliminaban los helmintos. La sábila aflojaba el pecho apretado. El
guarapo de guásimo laxaba y mejoraba las hemorroides. La inflamación de éstas
también cedía tragándose la pulpa de por lo menos una media “gruesa” de mamones
en una sola sentada. El agua de fregosa era buena para las diarreas. Hojas de
guanábano sobre las sienes cortaban el dolor de cabeza. La ronquera se
eliminaba tomándose un buen “calentao” de jengibre y acostándose con una
franela amarrada a las fauces, el pescuezo y la jeta para mantener el calor
corporal.
Las
luxaciones mejoraban instantáneamente con masajes y fricciones de manteca de
culebra o de venado. Los orzuelos decrecían al tocarlos con una parapara
calentada por fricción con una tela seca. Después de un golpiza, bueno era un
purgante. Las terciarias malignas se aliviaban mascando corteza de quina. A las
recién paridas había que alimentarlas con sopa de pichón durante 40 días, sin
levantarlas de la cama. Las gonorreas no resistían tres instilaciones con
nitrato de plata. Con esta sal también se curaba la “sortija” en los cascos de
los équidos. Los baños de asiento en solución de cayena aliviaban el escozor
que produce el herpes genital, que también curaba mediante una untura preparada
con malojo molido en salmuera batida en el sereno de la noche con huesos de
ratón casiragua.
El
sabañón lo acababa con baños de pie en los orines del mismo paciente, mientras
más rancios mejor agregando a los mismos una cucharillita de creolina. A los
afectados de caspa -¿seborrea?- les prescribía lavarse la cabeza con agua de
merecure y después untarse una crema, que él mismo preparaba, a base de hiel de
perro. Los piojos se acababan con el mismo lavado y con una loción a base de
grasa de pato güire. Los cálculos del riñón los trataba con bebedizos de
lechosa verde inmersa en agua por espacio de 7 serenos. El asma infantil
mediante un jarabe de azúcar moscabada extraída de un coco tierno enterrado por
cinco días.
En
materia odontológica escarbaba, con un buril de puy, los dientes enfermos y
cariados rellenándolos con una pasta caliente de cachos de venado amalgamada
con la pulpa del tarare. El paciente debía morder un lienzo por lo menos tres
horas, mientras el empaste o calza secaba. Un dolor de muelas se eliminaba
matando el nervio con creolina. A los desdentados recomendaba comer solamente
papilla y ablandar las conchas endurecidas de las arepas con guarapo. Los
dientes manchados los limpiaban con arenisca extrafina sacada y cernida del
lecho del río Unare y luego los fregaba con hojas de cedazo impregnadas con
sangre de drago.
Los
pacientes venían de todo el Orituco, Unare, Tamanaco y Uchire sin cita previa.
Los únicos rechazados eran los que sufrían melancolía y tristeza, a menos que
les detectara que ese estado de ánimo era producido por falta de roce sexual,
en cuyo caso recetaba cualquier guarapo como placebo y hacía una recomendación
concluyente: “Búsquenle pareja para que se alivie”. Demostrando con esto que el
personaje fue precursor de Freud y su teoría de la “Libido Reprimida”.
Este
viejecillo distinguido, elegante, indispensable en su tiempo, se llamó Juan
Evangelista Arbeláiz Arbeláiz, nacido en Sabana de Uchire (1822-1915) y se le
conoció con el apodo cariñoso de “El Curandero de Orituco, Unare, Tamanaco y
Uchire”. Fue hijo de Juan Simón Arbeláiz Álvarez-Arzola y Rita Simona Arbeláiz
Chacín y Escala-Gimón, n. 1807, de los fundadores de Sabana de Uchire. Los
conocimientos curativos los puso al servicio de la causa liberal en la Guerra
de la Federación en la cual, según le declaró Rafael Alfonso Rojas a José
Antonio de Armas Chitty, en artículo aparecido en el diario El Nacional en
septiembre de 1958, Juan Evangelista Arbeláiz Arbeláiz –El Curandero- alcanzó
el grado de coronel (¿?).
E-Mail: manuelsotoarbelaez@yahoo.com Los libros El Guárico Oriental 1, 2 y 3 en Librería La Llanera, calle Guásco, frente a la plaza Bolívar, Valle de la Pascua.

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