Historiadores y Cronistas de Ribas
Encuentro con la Historia y el Patrimonio Ribense
Vuelta al aire del Blog
Vuelta al aire del Blog
I
Fue un parto de código, sudor y desvelos,
subirlo a la red costó un mundo y un mar,
un estrés constante y jalones de pelos
para que el bloqueo pudiera acabar.
Porque el algoritmo, con mano de hierro,
dictó la sentencia, la pausa, el ayer,
y por segunda vez sufrimos el destierro
que los ‘genios’ de Google quisieron imponer.
Treinta días de sombra, de muros y de frío,
Treinta días de ausencia del vasto canal,
pero no se seca la fuerza de este río
ni se apaga la chispa por un fallo digital.
¡Ya crujen las teclas! ¡Ya brilla la pantalla!
La censura del código no pudo vencer,
aquí sigue el blog, ganando la batalla,
esparciendo la luz en este renacer.
II
¡Tierra! —grita el alma al ver la luz de nuevo,
como aquel que a la patria regresa con fervor;
tras treinta días de un injusto y gris relevo,
vuelve el blog a su sitio, con más fuerza y valor
No fue fácil el parto, la subida fue un reto,
un ascenso al Olimpo que costó hasta el aliento,
lo que nos dejaron fue un zaperoco completo,
pero resolvimos y ¡se acabó el tormento!
¡Estamos de vuelta! Como en el verso errante,
"después de tanto azar y de tanta pena",
el portal se levanta, brioso y palpitante,
rompiendo ¡por fin! la digital condena.
Y en este renacer de letras y memorias,
la voz se eleva clara, con fe y con fervor,
volvemos a la luz de crónicas e historias,
con el objeto firme de ilustrar al lector.
La plaza de fiesta, sonar de campanas,
hay gran alegría en el vecindario;
el pueblo se apresta desde las mañanas
a echarle un vistazo a un blog vergatario
Con gran entusiasmo la gente se suma
a leer el blog con mucha paciencia
esperando que alguien le meta a la pluma
para escribir temas de reminiscencia
Se cursa invitación, de mano extendida,
a ganar la lucha en contra del olvido;
hoy el blog revive con llama encendida,
y es por Tucupido ¡pueblo jamás rendido!
La Casa.
Banda Municipal Infante - Luis Pérez Guevara
BANDA
MUNICIPAL INFANTE
EL
AYER DE LA PRINCESA
Luis Pérez
Guevara
https://princesaguariquena.wordpress.com/el-ayer-de-la-princesa/
Mucha
bruma se esparce sobre la historia de la vida musical de Valle de la Pascua,
empecinada en borrar los vestigios de ese pasado apacible que, en muchas
oportunidades, era guiado por los arpegios de cualquier instrumento musical y
acompañado por los cantores populares de aquel momento, así como por la Banda Municipal
que, domingo tras domingo, atrapaba, en la plaza Bolívar, a los habitantes del
pueblo y los dejaba pasearse por sus acompasadas notas.
Durante
la segunda mitad del siglo XIX, el padre Juan Santiago Guásco fundó y sostuvo,
en Valle de la Pascua, una escuela de música en la cual se formaron destacados
ejecutantes y compositores, tales como: Emilio López, Enrique Laya, Pablo Ruiz
y otros que, a su vez, continuaron la obra iniciada por el esclarecido
sacerdote y, en conjunto, fueron importantes referencias para que, en mayo de
1904, los señores Jesús M. Gutiérrez, el licenciado Valeriano López Belisario y
Gregorio Méndez Matos sugirieran al Concejo Municipal la organización de una
Banda Musical que tocase las retretas los domingos y convirtiera a la plaza en
un oasis donde verter el cansancio del trabajo semanal. Para tal fin, pusieron
a disposición de la corporación nueve instrumentos musicales con los cuales
podía iniciarse la preparación de los futuros músicos. La idea fue recibida con
beneplácito y, en respuesta, se aprobó la contratación del Sr. Pablo Ruiz para
que se encargara de adiestrar a los noveles integrantes de la banda, la cual
hizo su debut el 02 de febrero de 1905, con el nombre de BANDA MUNICIPAL
INFANTE.
Esta
agrupación musical se afianzó rápidamente en el pueblo e incluso fue un medio
para hacer relaciones sociales, tal como sucedió en noviembre de 1905 cuando se
acordó, en sesión del Concejo Municipal, dedicar la banda a los Generales Pérez
Bustamante y Manuel Sarmiento, además de los señores C. Arias Sandoval,
Gumersindo Rivas y Pablo Ruiz, como muestra de aprecio y reconocimiento.
A
la Banda Infante pertenecieron, entre otros, José Manuel Acevedo, Jesús María
Orihuela, José Dolores Ramírez, Esteban Ruiz, Hilario Rodríguez y Ernesto Valiente, de quien se conserva una
anécdota que aún los nuevos tiempos no han podido borrar. Se cuenta que
Valiente se separó de la Banda sin permiso del director, falta grave que fue
notificada, por oficio, al Concejo Municipal. Discutida la novedad, en sesión ordinaria,
se aprobó oficiar al Jefe Civil del Distrito para que citara al representante
conjuntamente con el alumno, a fin de que este último hiciera entrega del
instrumento y del uniforme asignado, como paso previo a su expulsión del seno
de la organización. Así de inquebrantable era la disciplina y el orden que
imperaba por aquellos días en cualquier institución de carácter público o
privado.
La
Banda Infante, con sus dulces notas, se dejó escuchar por varios años y se
convirtió en la protagonista principal de aquellas citas dominicales pero, al
paso de los días, un gélido viento desafinó los instrumentos de tal manera que
estos dejaron de sonar y la Banda, en un mutis insospechado, guardó las
partituras y bajó el telón. Salió de escena y dejó en la plaza un impresionante
silencio envuelto en las más disímiles preguntas.
Pero,
en 1938 resurge la banda con sus alegres y armónicos compases. Se adquieren
nuevos instrumentos y partituras y se nombra como director al Sr. Emilio López,
quien legó la batuta a un alumno suyo, Rufo Pérez Salomón, que fue seguido,
sucesivamente, por: José Oscar Guerra, Napoleón Bartolano, Aníbal Matute,
Freddy Mota, y más reciente, José Flores.
La
Banda, ahora conocida por el pueblo como BANDA LOPEZ, contó, además de los ya
mencionados, con los músicos: Miguel y Críspulo Monserratt, Manuel Martínez, Luís Alfredo Contreras,
Manuel González y Carlos Montilla, a los que, con el tiempo, se fueron sumando
otros ejecutantes, tales como: Ricardo Hurtado, Jesús María Bolívar, Víctor
Castro, Manuel Maluenga, Bernabé Gómez, Ángel Laya, José Lima y Juvenal Cordero
quienes, con el romanticismo de sus aires y la frescura de sus almas,
impregnaban las tardes y noches dominicales de serena alegría.
Igualmente,
sus melancólicos valses y los tradicionales merengues se dejaron escuchar
también en las fiestas patronales del pueblo, así como en las comunidades
vecinas, al tiempo que, con sus marchas, daban dignidad a los actos oficiales,
y majestad a las procesiones realizadas durante la Semana Santa.
La
Banda Municipal, síntesis de la vida común del pueblo, compartía la escena con
las orquestas de Rufo Pérez y de José Oscar Guerra, enredando en sus arpegios
los espacios de aquel sencillo pueblo. Pero, sin un razonamiento justo por
parte dela Municipalidad, se les retiró el exiguo presupuesto, un mal día de
1983. La Banda dejó de filtrar sus melodías, quitándole alegría, movimiento y
vivacidad al cierre de la semana. También habían dejaron de sonar las notas
bailables de las orquestas de Rufo Pérez y de José Oscar Guerra y dieron paso a
grupos más resonantes como: Los Nikel, de Antonio Pérez Rengifo; los Billys`
Boy o Séptima Combinación, de Evencio Loreto; Juventud Square, de Carlos
Montilla Rivero; Impacto Juvenil, de Juvenal Cordero y el Nuevo Grupo de Tomás
Navarro.
No
obstante, las notas de la banda no se habían borrado y permanecían gravitando
en el ambiente por lo que en 1991, nuevamente, en un esfuerzo por darle brillo
al esplendido tesoro de la tradición musical enmohecida en los redoblantes,
clarinetes, trompetas, baterías, trombones y saxofones, se buscó reorganizarla.
Se logró el objetivo pero, al poco tiempo, el mutismo volvió a cubrirla. Como
todo cambia, también lo hizo el romanticismo de aquellos días. Una nueva vida
venía requiriendo de otro ritmo y abriéndose paso en el gusto de la gente; sin
embargo el reconocimiento hacia aquellos que plantaron la simiente se mantiene
invariable; y la esperanza de un renacer, también.
El 17 de diciembre de 1930 conmemorando en Altagracia el centenario de la muerte del Libertador y padre de la patria Simón bolívar, se crea la Banda Marcial “Padre Sojo”, bajo la dirección de José Calixto Morín, la cual la integraban Francisco Ramírez, Agustín Isturiz, Gonzalo Corniel, Daniel Reyes, Pedro Natalio Arévalo, Teódulo Jaspe, Pedro Ledezma y Ernesto Valladares. El nombre que se le asigna rinde homenaje al músico y sacerdote hermano de Vicente Emilio Sojo, compositor, investigador musical y arreglista quien ese mismo año ha creado la Orquesta Sinfónica Venezuela en la capital de la república.
Vuelta a la Patria - Juan Antonio Pérez Bonalde
VUELTA
A LA PATRIA
Juan
Antonio Pérez Bonalde
I
¡Tierra! Grita en la proa el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa.
Poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
Ya la
vista columbra
las riberas bordadas de palmeras,
y una brisa cargada con la esencia
de violetas silvestres y azahares,
en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de mi inocencia,
cuando pobre de años y pesares
y rico de ilusiones y alegría,
bajo las palmas retozar solía
oyendo el arrullar de las palomas,
bebiendo luz y respirando aromas
Hay algo
en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me hablan de ternuras y de amores
de una dicha pasada
y el viento al suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice “¿no te acuerdas?”…
Ese
cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales…
¡Luz! ¡Luz al fin! –los reconozco
ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡Oh inefable alegría!
¡Son las riberas de la patria mía!
Ya muerde
el fondo de la mar hirviente
del ancla el férreo diente;
ya se acercan los botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor del pueblo mío
¡a tierra! ¡a tierra! o la emoción me
ahoga,
o se adueña de mí el desvarío!
Llevado
en alas de mi ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al barquichuelo
que a las riberas del hogar me invita.
Todo es grata armonía; los suspiros
de la onda de zafir que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos giros;
y las notas suaves, y el timbre lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del tosco marinero
el dulce son de mi nativo idioma.
¡Volad, volad
veloces,
ondas, aves y voces!
Id a la tierra donde el alma tengo
y decidle que vengo
a reposar, cansado caminante,
del hogar a la sombra un solo instante;
decidle que en mi anhelo, en mi delirio
por llegar a la orilla, el pecho siente
dulcísimo martirio;
decidle, en fin que mientras estuvo ausente
ni un día, ni un instante la he olvidado,
y llevadle este beso que os confío,
tributo alentado
que desde el fondo de mi ser le envío.
¡Boga, boga,
remero; así… llegamos!
¡Oh emoción hasta ahora no sentida!
¡ya piso el santo suelo en que probamos
El almíbar primero de la vida!
Tras ese
monte azul cuya alta cumbre
lanza reto de orgullo
al zafir de los cielos,
está el pueblo gentil donde al arrullo
del maternal amor rasgué los velos
que me ocultaban la primera lumbre.
¡En marcha, en
marcha, postillón, agita
el látigo inclemente!
y a más andar, el carro diligente
por la orilla del mar se precipita.
No hay
peña ni ensenada que en mi mente
no venga a despertar una memoria,
ni hay ola que en la arena humedecida
no escriba con espuma alguna historia
de los alegres tiempos de mi vida,
Todo me habla de sueños y cantares,
de paz, de amor y de tranquilos bienes,
y el aura fugitiva de los mares
que viene, leda, a acariciar mis sienes,
me susurra al oído
con misterioso acento: “Bienvenido”.
Allá van
los humildes pescadores
las redes a tender sobre la arena;
dichosos que no sienten los dolores
ni la punzante pena
de los que lejos de la patria lloran;
infelices que ignoran
la insondable alegría
de los que tristes del hogar se fueron
y luego ansiosos, al hogar volvieron.
Son los
mismos que un día,
siendo niño admiraba yo en la playa,
pensando, en mi inocencia
que era la humana ciencia,
la ciencia de pescar con la atarraya.
Bien os
recuerdo, humildes pescadores,
aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
los años me han cambiado y los dolores.
Ya
ocultándose va tras un recodo
que hace el camino, el mar, hasta que todo
al fin desaparece.
Ya no hay más que montañas y horizontes,
y el pecho se estremece
al respirar cargado de recuerdos,
el aire puro de los patrios montes.
De los frescos y límpidos raudales
el murmurio apacible;
de mis canoras aves tropicales
el melodiosos trino que resbala
por las ondas del éter invisible;
los perfumados hálitos que exhala
el cáliz áureo y blando
de las humildes flores del barranco;
todo a soñar convida,
y con suave empeño
se apodera del alma enternecida
la indefinible vaguedad de un sueño.
Y rueda
el coche, y detrás de él las horas
deslízanse ligeras
sin yo sentir, que el pensamiento mío
viaja por el país de las quimeras
y sólo hallan mis ojos sin mirada
los incoloros senos del vacío…
De
pronto, al descender de una hondonada,
“¡Caracas, allí está!” dice el
auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.
Caracas,
allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos.
Caracas,
allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
odalisca rendida
a los pies del sultán enamorado.
Hay
fiesta en el espacio y la campiña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos en las flores
a los dorados pistilos se abrazan;
besa el aura amorosa al manso Guaire,
y con los rayos de la luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.
¡Apura, apura, postillón, Agita
el látigo inclemente!
¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
por él mi corazón… ¡mas, no –detente!
¡Oh infinita aflicción! ¡Oh desdichado
de mí, que en mi soñar hube olvidado
que ya no tengo hogar!... Para, cochero,
tomemos cada cual nuestro camino;
tú, al techo lisonjero
donde te aguarda la madre, el ser divino
que es de la vida centro y alegría,
y yo … yo al cementerio
donde tengo la mía.
¡Oh insondable
misterio
que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
¿En dónde está, Señor, esa tu santa
infinita bondad, que así consientes
junto a tanto placer, tristeza tanta?
II
Madre,
aquí estoy; de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;
a desahogar en tu glacial regazo
la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía.
Madre,
aquí estoy; en alas del destino
me alejé de tu lado una mañana
en pos de la fortuna
que para ti soñé desde la cuna;
mas, ¡oh suerte inhumana!
Hoy vuelvo, fatigado peregrino,
y sólo traigo que ofrecerte pueda
esta flor amarilla del camino
y este resto de llanto que me queda.
Bien
recuerdo aquel día,
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de Marzo una mañana fría
y cerraba los cielos el nublado.
Tú en el lecho aún estabas,
triste y enferma y sumergida en duelo,
que con alma de madre contemplabas
el hondo desconsuelo
de verme separar de tu regazo.
Llegó la hora despiadada y fiera,
y con el pecho herido
por dolor hasta entonces no sentido,
fui a darte, madre, mi postrer abrazo
y a recibir tu bendición postrera.
¡Quién entonces
pensara
que aquella voz angelical en mi oído
nunca más resonara!
Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,
dijiste al estrecharme contra el pecho:
“Tengo un presentimiento que me dice
que no he de verte más bajo este techo”.
Con
supremo esfuerzo desliguéme
de los amantes lazos
que me formaban en redor tus brazos,
y fuera me lancé como quien teme
morir de sentimiento…
¡Oh terrible momento!
Yo fuerte me juzgaba,
mas, cuando fuera me encontré y aislado,
el vértigo sentí de pajarillo
que en la jaula criado,
se ve de pronto en la extensión perdido
de las etéreas salas,
sin saber dónde encontrará otro nido
ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.
Desató el
sollozar el nudo estrecho
que ahogaba el corazón en su quebranto,
y se deshizo en llanto
la tempestad que me agitaba el pecho.
Después, la nave me llevó a los mares,
y llegamos al fin, un triste día
a una tierra muy lejos de la mía,
donde en vez de perfumes y cantares,
en vez de cielo azul y verdes palmas,
hallé nieblas y ábregos, y un frío
que helaba los espacios y las almas.
Mucho,
madre, sufrí con pecho fuerte,
mas suavizaba el sufrimiento impío
la esperanza de verte
un tiempo no lejano al lado mío.
¡Ay del mortal que ciego
confía su ventura a la esperanza!...
La ley universal cumplióse luego,
y vi en el alma presta,
la mía disiparse
cual mira en lontananza
torcer el rumbo en dirección opuesta
el náufrago al bajel que vio acercarse.
Bien
recuerdo aquel día
que el tiempo en mi memoria no ha borrado
era de Marzo otra mañana fría
y los cielos cerraban otro nublado.
Triste,
enfermo y sin calma,
en ti pensaba yo cuando me dieron
la noticia fatal que hirió mi alma,
lo que sentí decirlo no sabría…
sólo sé que mis lágrimas corrieron
como corren ahora, madre mía.
Después
al mundo me lancé, agitado,
y atravesé océanos y torrentes,
y recorrí cien pueblos diferentes;
tenue vapor del huracán llevado,
alga sin rumbo que la mar flagela,
viento que pasa, pájaro que vuela.
Mucho,
madre. He adquirido
mucha experiencia y muchos desengaños,
y también he perdido
toda la fe de mis primeros años.
¡Feliz quien
como tú ya en esta vida
no tiene que luchar contra la suerte
y puede reposar en la seguida,
inalterable calma de la muerte;
sin ver ni padecer el mal eterno
que nos hiere doquier con saña cruda,
ni llevar en el pecho el frío interno
de la indomable duda!.
¡Feliz quien
como tú, con altiveza
reclinó para siempre la cabeza
sobre los lauros del deber cumplido,
cual la reclina, por la muerte herido,
tras el combate rudo
risueño, el gladiador sobre su escudo!.
Esa,
madre, es tu gloria
y la alta recompensa de tu historia,
que el premio solo del deber sagrado
que impone el cristianismo
está en el hecho mismo
de haberlo practicado.
Madre,
voy a partir: mas parto en clama
y sin decirte adiós, que eternamente
me habrás de acompañar en esta vida;
tú has muerto para el mundo indiferente,
mas nunca morirás, madre del alma,
para el hijo infeliz que no te olvida.
Y fuera
el paso muevo,
y desde su alto y celestial palacio,
su brillo siempre nuevo
derrama el sol cerúleo espacio…
Ya lejos
de los tumultos me encuentro,
ya me retiro solitario y triste;
más ¡ay! ¿a dónde voy? si ya no existe
de hogar y madre el venturoso centro? …
¿a dónde? ---¡a la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo,
hasta caer en su mortal regazo
con alma en paz y con la frente erguida!

