Historiadores y Cronistas de Ribas
Encuentro con la Historia y el Patrimonio Ribense
Rafael Correa Castro: ¡Chaas gracias! - Luis Gerardo Requena González
Rafael
Correa Castro: ¡Chaas gracias!
Por: Luis Gerardo Requena González
En
la sala de la casa varias veces escuche a Juan de Jesús hablar de sus caballos.
Hablaba sobre Flor de Unare como un potro de patas rápidas y fuertes aunque
nunca lo oí contar que llegara a cabalgar en él. A veces decía que pertenecía a
Pancho, refiriéndose al Tío Francisco, su hermano.
Cuando
lo llevaban a correr contra otros potros de Las Garzas, El Socorro o Espino, le
buscaban jinetes experimentados y ligeros, aunque Tío Pancho no era
precisamente un hombre alto o de mucho peso, y en esas carreras, que se sepa,
nunca resultó perdedor. Los hombres de Santo Domingo Requenero no dejaban por
nada del mundo de presenciar una carrera de Flor de Unare sin importar el lugar
donde se realizara. Tampoco dudaban mucho en apostar a su favor todo su dinero.
Sin
embargo y aunque Flor de Unare le despertaba pasiones, cuando realmente el
rostro Juan de Jesús se llenaba de nostalgia era cuando hablaba de Leontina, una
yegua a la que montaba con regularidad. Se vanagloriaba al decir que había sido
él mismo quien la domó.
Leontina
no competía en carreras pero, si fuera necesario echar suertes a las patas de
un potro, Juan de Jesús sólo la echaría a las de esa yegua. Ella y sus perros
lo acompañaban en los caminos de Santo Domingo. Eran tiempos en los que la vida
podía depender de buenos perros y mejor caballo.
Por
eso, hablar de caballos era cosa seria en Santo Domingo Requenero.
Un
grupo de hombres se habían reunido en La Chichera, una venta local en la que
habitaban Tía Paula Emperatriz y Rafael González, hermano de Tera. No tenían
tareas pendientes por hacer y parecían estar allí solo para pasar el rato.
Pascual Correa, quien convivía con una hermana de Juan de Jesús por su padre
llamada Luisa Castro, pasó enfrente montando con prestancia un caballo
gurrufero.
Pascual
Correa era de fácil trato y algunas veces hasta chistoso.
Los
hombres comenzaron a meterse con el caballo de Pascual.
-Creo
Gilberto le ganaría en una carrera de corta distancia
Dijo
alguien refiriéndose a Gilberto Rodríguez, hijo de Tía María Antonia Requena.
Otro
se atrevió a apostar una caja de cervezas a que Gilberto seria el ganador.
Unos
comenzaron a reunir el dinero para comprar la caja de cervezas, mientras
Gilberto proponía que la distancia a correr no debía ser mayor a veinte metros.
Finalmente
se decidieron por solo diez metros.
Pascual
que, en un principio se negaba a correr su caballo contra Gilberto, se dejó
llevar ante la posibilidad de tomarse unas cervezas gratis, cuando no le fue
solicitado pagar su parte de la apuesta.
Marcaron
en la carretera de grava la línea de partida.
-El
caballo debe estar totalmente detrás de la línea de partida- sentenció un
experto.
Llamaron
a Gilberto a la carretera y midieron cuidadosamente para que la cabeza del
caballo no sobrepasara la línea de partida.
Apenas
dieron la partida, el caballo se resbaló en el arranque sobre las piedras, se
salió de la carretera y cayó en un mastrantal. Cuando finalmente Pascual Correa
pudo regresarlo al sedero ya Gilberto había traspasado la meta con gran
algarabía de los hombres.
A
pesar de perder Pascual Correa ni pagó la apuesta ni dejó de beber las cervezas
que compraron con el dinero recogido.
Pascual
Correa era el padre de Rafael Correa Castro, uno de los sobrinos predilectos de
Juan de Jesús por la afición compartida por las peleas de gallos y porque era
cantante sumamente pintoresco al puro estilo de Ángel Custodio Loyola al que
trataba de imitar.
De
La Pascua a Tucupido
De
Calabozo a San Juan
Hay
un rosal de luceros
Y
un canto de alcaraván
Guárico
de mi cariño,
Arpa
cuatro y galerón
Donde
el hombre aprende a hombre
En
tus sabanas tan lindas
Persiguiendo
un cimarrón
Para
mí, en verdad, no cantaba muy bien aunque era bastante divertido y entusiasta,
y causaba gran alborozo entre el público mientras batía un pañuelo al aire al
ritmo del arpa.
-¡Chaas
gracias!- exclamaba al final de cada una de sus interpretaciones..
Ramón
Celestino contaba que en cierta ocasión, al regresar a Valle de La Pascua desde
Puerto Ordaz compró en el terminal de El Tigre la cinta "Yo también quiero
cantar" que fue el primer disco de larga duración grabado por Reynaldo
Armas poco tiempo antes de su irrumpir con "Laguna Vieja".
Reynaldo
Armas que se presentaba como El cardenal sabanero, era un cantor nuevo apenas
conocido y era apadrinado por Rafael Martínez, famoso cantante conocido como El
Cazador Novato. Antes había lanzado un poco difundido sencillo.
Según
Ramón Celestino nada más al llegar a casa puso el casette que no había podido
oír en el trayecto.
Era
usual que todos saliéramos a la calle para recibir a los familiares en la
puerta de la casa, por lo que es probable que me encontrara cerca cuando llegó
a casa, aunque no recuerdo los sucesos.
De
acuerdo a Ramón Celestino, le pregunté:
-
¿Quién es ese cantante?
-Está
cantando Rafael Correa- afirma que respondió.
-¡Coño,
Correa Castro aprendió a cantar!- exclamaría sorprendido e inocentón.
Ramón
Celestino recordó ese episodio muchos años después cuando escuchó en una radio
de Maracay a Rafael Correa Castro y se dijo a si mismo las palabras:
-¡Coño,
Correa Castro aprendió a cantar!
Se
atrevió a pensar incluso si no eran cosas de la edad.
Cuando
me vino con el cuento le respondí:
-¡No
le paro bola a coplero, Cantaclaro, aunque por una copla mataron a Quirpa!
Ramón
Celestino es dado a contar la vida bajo su particular forma de verla, no en
balde es un poeta.
La
respuesta de Ramón fue más enigmática y esclarecedora:
-No
dejes que una mentira te eche a perder una buena historia.
José Antonio De Armas Chitty: LA VOZ DEL HATO - Alberto Hernández
José Antonio De Armas Chitty: LA
VOZ DEL HATO
Alberto
Hernández
Poeta y
periodista venezolano
1.-
Una
aproximación a la lexicología venezolana significa un igual acercamiento a las
primeras resonancias del habla campesina, suscitadas en fundaciones productoras
pecuarias del llano de nuestro país.
No
es extraño, entonces, que con la casi desaparición de las etnias aborígenes
ubicadas en nuestras planicies, los nuevos habitantes, los colonizadores, hayan
destacado y movilizado grandes cantidades de ganado vacuno hacia estas tierras
donde la inclemencia del período de lluvias y la agotadora temporada de sequía
hicieron posible la presencia de las tres voces de nuestra cultura mestiza:
blancos criollos y peninsulares, aborígenes y negros libertos. Todos ellos
juntos de acuerdo con los estamentos de la relación de producción y las leyes
que imperaban. Esclavos, libertos e indígenas sometidos por los blancos coparon
la extensidad de la llanura para dedicarse a la cría de ganado, sobre todo de
semovientes vacunos gracias a las virtudes de la geografía.
2.-
Nace
entonces esa unidad enclave llamada hato que se corresponde con el hatajo de
animales que cada conglomerado posee. Destinados a la producción de alimentos
cárnicos, leche y sus derivados, los hatos venezolanos –como otros del
continente- llegar a ser posesiones determinantes para la fundación de un país
que comenzó siendo rural, campesino.
Toda
población maneja códigos, materiales y espirituales. La palabra es un espíritu
que se conjuga con la cultura material, o tiene, como afirma Saussure, las dos
caras de una moneda, un significado y un significante.
El
hato es portador, sus hombres, de un registro lingüístico que ha invadido toda
la geografía. Es por ello que podemos afirmar que lo que se habla en las
grandes polis tiene referencia en muchas de las primeras palabras encontradas o
inventadas en la soledad de la llanura. Es decir, el discurso urbano tiene
origen en los más humildes espacios campesinos.
3.-
Las
ciudades pioneras en Venezuela eran simples haciendas, unidades productoras de
caña, cacao y otros productos tropicales. De modo que la ciudad hablaba lo que
consumía. La forma de expresarse del campesino de Higuerote, Barlovento o
Cumaná era muy parecida a la forma de hablar del campesino caraqueño. Caracas
era una hacienda elegante y aún lo sigue siendo, con las variantes que da la
cultura urbana, la tecnología y las germanías propias de una polis
contemporánea, caótica, desordenada y delictual. Como aparte, el habla de Nueva
York, de la inicial ciudad de NY, era el acento del campesino inglés, con los
sesgos de una minoría aborigen y negra. De allí ese arrastrado acento, metálico
y chillón del inglés de esa ciudad. Igual sucedió en nuestro país, en nuestra
América.
Todo
acento, todo idioma con sus variantes regionales, debe ser enfocado desde la
etnología para poder entender la multiplicidad de voces y la polisemia de sus
contenidos.
El
hato como centro de trabajo, de faena campesina, produjo sus propios códigos.
De una riqueza extraordinaria, derivó en productora de sintaxis, neologismos,
jergas, cadencias que fueron acentuándose más con la llegada de otros
conglomerados culturales.
4.-
Voces
indias, negras y europeas: en síntesis, un diccionario que se extendió por toda
la geografía nacional para unificar nuestra idiosincrasia lingüística. Así, el
hato es un generador de vocablos y comportamientos verbales que llegó a ser
superado por su propia producción; es decir, en muchas ciudades desarrolladas
demográficamente aún se oyen vocablos y giros nacidos en los hatos apureños,
guariqueños, barineses y cojedeños, los cuales ya forman parte de una cultura
que sigue su curso progresivamente. No fue extraño entonces que nuestra gran
literatura vocacional haya comenzado con Rómulo Gallegos, quien le colocó la
marca a una manera de decir de una zona que expresa verbalmente una ética y un
comportamiento.
5.-
Decir
arriero no sólo significaba arrear el ganado, sino entender el estado de ánimo
de la sabana. El biorritmo del llano. Un espíritu oculto estima posible el
arreo. No todo llanero podía hacerse cargo de la madrina, la cabeza del arreo,
y por ende del registro verbal de los hombres de este difícil oficio. Quien
hablaba y cantaba para cumplir cabalmente la faena de desplazar el ganado de
las partes bajas a las altas cuando las lluvias amenazaban.
Toda
palabra es un espíritu y cada una tiene su historia, su conducta. En el llano
las palabras comportan no sólo el significado y el significante, sino que
contiene un desdoblamiento, un segundo yo, un ánima que como las voces griegas
prometen un comportamiento: el miedo, la gracia, la divinidad, el misterio,
pero sobre todo este último, porque el llano es palabra y también profundo
silencio. La voz del llano se maja en la soledad.
6.-
La
forma de hablar del llanero es profundamente telúrica: abarca los sueños y los
misterios propios de las horas del día y de la noche. Un llanero puede ser
víctima de alucinaciones a las tres de la tarde. Así como puede perder el rumbo
con el canto de algún pájaro. O conseguir el camino con una leve brisa, que
también contiene un corpus sintáctico. ¿O es que acaso el viento no “habla”?
La
naturaleza crea sonidos que se transforman en palabras y en pausas. El ronquido
con que se expresan muchos llaneros para señalar duda o sorpresa, es un aporte
de los gruñidos zoológicos, de los ruidos del paisaje, de los movimientos del
cuerpo producidos por el trabajo.
No
es lo mismo soñar o hacer el amor en una cama bajo techo, que hacer lo mismo en
un chinchorro y bajo las estrellas. Esa experiencia promete la proliferación de
vocablos que seguramente multiplicarán una sindéresis ética, lingüística y
psicológica. Indudablemente, incidirán en la manera de decir, de hablar y de
sentir las palabras.
Suena
a especulación: hacer la prueba podría significar llevar a cotidiana una manera
muy especial de humanizarse animal bajo el cielo nocturno.
7.-
El
imaginario, es decir, la memoria fabuladora, es un acento que estaciona una
atmósfera en esa manera de decir y construir imágenes y contenidos
significativos. No es lo mismo decir troja que alacena, por muy evidente que
parezca. Decir troja significa haber estado estacionado en un tiempo, en un
lugar donde el clima y hasta los olores particularizan la forma de pronunciar
la palabra. Así, la troja contiene la seguridad del alimento, igual la sombra
que muchas veces albergó el miedo de quienes sentían amenazadas sus vidas.
Muchos inocentes y culpables se pusieron a buen resguardo de las hordas
criminales de Boves. Ese significado: Lanza de Boves calificaba el comportamiento
de un muchacho, sólo tiene sentido en el estado Guárico. Tiene carácter
familiar, doméstico.
De
modo que así como comemos casabe, cachapas, sancocho, yuca, ocumo y
pronunciamos los vocablos totuma, chácara, gurupera, quesera, cincho, enjalma,
bozal, mandador, entre otros más, también somos capaces de asumir la ética de
esas palabras por el origen que tienen. No es lo mismo decir busaca, chácara
que decir morral, acretra o monedero. Palabras de este aquí. Palabras de aquel
allá, cosmopolitas. Las primeras nos identifican y nos aportan una nacionalidad
local, regional. Las segundas fortalecen la nacionalidad global. Tendríamos que
hablar del hato como una nación creadora de palabra e imágenes que recorren el
mundo gracias a su permanencia en el hablante venezolano, criollo.
Toda
una teoría etnolingüística a ser elaborada para poder entender e interpretar
los hallazgos diarios de este universo verbal que obligó a José Antonio De
Armas Chitty a escribir el Diccionario del Hato (Ediciones de la Biblioteca de
la Universidad Central de Venezuela, Caracas 1966), aporte que debería ser
incluido en las escuelas de nuestros estados llaneros.
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