Francisco Lazo Martí en
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SILVA
CRIOLLA A UN BARDO AMIGO
FRANCISCO LAZO MARTÍ
Es
tiempo de que vuelvas;
es tiempo de
que tornes.
No más de
insano amor en los festines
con mirto y
rosa y pálidos jazmines
tu pecho
varonil, tu pecho exornes.
Es tiempo de
que vuelvas…
Tu alma –pobre
alondra– se desvive
por el beso de
amor de aquella lumbre
deleite de sus
alas. Desde lejos
la nostalgia
te acecha. Tu camino
se borrará de
súbito en su sombra…
Y voz doliente
de las horas tristes,
y del mal de
vivir oculto dardo,
el recuerdo
que arraiga y nunca muere,
el recuerdo
que hiere
hará sangrar
tu corazón, ¡oh, Bardo!
No más a los
afanes de la corte
humilles la
altivez de tus instintos,
ni turbe de
tus noches la armonía
falaz visión
de pórticos y plintos
y fúlgida
terraza como el día.
Deja que de
los años la faena
los palacios
derrumbe
donde el
placer es vórtice que atrae
y deslumbrada
la virtud sucumbe.
¡Ven de nuevo
a tus pampas! Abandona
el brumoso
horizonte
que de
apiñadas cumbres se corona.
Lejos del
ígneo monte
ven a colgar
tu tienda. Ven felice,
ven a dormir
en calma tus quebrantos;
y, como el sol
de la desierta zona,
en viva
inspiración ardan tus cantos.
Guárdate de
las cumbres…
Colosales,
enhiestas y sombrías
las montañas
serán eternamente
la brumosa
pantalla de tus días.
Deja para otra
gente
el gozo de
mirar picos abruptos,
y queden para
ti las alegrías
de ver, al
despertar, alba naciente,
y de abrazar
con solo una mirada,
del sur al
setentrión, y del ocaso
hasta el
fúlgido oriente,
la línea, el
ancho lote, siempre al raso,
de la tierra
natal.
¡Ah! De las cumbres
baja la nieve
a entumecer las almas;
las almas que
han soñado en el desierto
a la rebelde
sombra de las palmas
y bajo el
cielo azul, claro y abierto.
¡Libra tu
juventud! El rumbo tuerce
de la fastuosa
vía…
en la que el
vicio su atracción ejerce
y se tiñe de
rosa la falsía.
Donde el amor
procaz vive a su antojo,
y cubierta de
pámpanos la frente,
celebra en la
locura del despojo
parda penumbra
y carnación turgente.
Si es oro la
lisonja –al pravo y fiero
señor de
cuantos míseros se humillan–
desprecia el
arte vil, por lisonjero
en que nombres
y almas se mancillan.
Y si quieres
al fin que no te alcance
de la
vergüenza el dardo,
de igual
manera que al hiriente cardo
a la pasión
venal esquiva el lance.
Es tiempo de
que vuelvas;
es tiempo de
que tornes…
No más de
insano amor en los festines
con mirto y
rosa y pálidos jazmines
tu pecho varonil,
tu pecho exornes.
I
Torna a soplar
del Este
el viento
alegre y zumbador. Ondea
cual agitada
veste
el sedoso
follaje. El sol orea
la charca
pantanosa,
y por el reino
de la luz pasea
legión de
garzas de plumaje rosa.
Florecer es
amar…
Sobre la falda
de las toscas
malezas entreteje
la parásita en
flor áurea guirnalda.
Cuelga, blanco
vellón, de su costado
el nido
comenzado;
regio collar
de abiertas campanillas
la trepadora
mazamaza enreda;
y en dos
porciones la coraza rota
despide al
aura leda
del nevado
cairel de su bellota
trenza
brillante el orozul de seda.
Tras la menuda
flor cuaja el uvero
su gajo
tempranero;
sus nacarados
frutos en el limo
el punzador
quiribijul engendra;
la maya erige
colosal racimo,
y desprende el
merey sabrosa almendra.
Señuelo de su
copa en lozanía,
encendidos
granates el orore
en mil
estuches cría;
emulando la
escarcha
el espinito su
jazmín estera;
y del verde
mogote en la cimera
abre su flor
simbólica la parcha.
En el aire, en
la luz, en cuanto vive,
amor su
aliento exhala;
y su aliento
febril –tras el espeso
ramaje que es
baluarte y es escala–
estremece del
pájaro travieso
el mullido
pulmón bajo del ala.
Torrente
luminoso
de cumbre
cenital se precipita;
del árbol
generoso
la regalada
sombra al sueño invita;
por la margen
del caño
espárcese el
rebaño;
tiemblan
reverberando los confines,
y borracha de
sol y miel llanera
celeste
mariposa mensajera
batiendo va
sus cuatro banderines.
II
Ya no viene
bramando cual solía
al declinar el
día
por uno y otro
rumbo la vacada;
ni plantado en
mitad del paradero
escarba y muge
fiero
el toro padre
de cerviz cuajada.
Ya no turba el
reposo de los hatos
madrugador
lucero;
ni despiertan
el eco adormecido
el amante
reclamo del bramido
a la par de la
copla del vaquero.
A más benigno
suelo,
a más fértil
región de aguas profundas
y de lucientes
pastos regalados:
a las islas
distantes y fecundas
fuéronse al
fin pastores y ganados.
¡Cantando una
tonada clamorosa,
y bajo el
fiero sol de la sabana,
al paso lento
de la res morosa,
con rumbo al
sur cruzó la caravana!
III
Ya dos veces,
monstruoso y despiadado,
sobre la
tierra pródiga, el incendio
su abanico
flamante ha desplegado.
Ya dos veces,
por furias impelido,
las yerbas
infecundas
su aliento
abrasador ha consumido.
Y de pie, sin
cejar, y frente a frente
con el río que
impasible está delante,
humo y llamas
lanzando, su turbante
ha brillado en
las noches del desierto
como si fuera
un faro ignipotente
clavado en la
ribera de un mar muerto.
En línea de
combate, a campo raso,
pronta la
garra, la mirada alerta,
hambrientos
gavilanes, paso a paso,
asediaron del
fuego la reyerta.
Consume aún su
aliento las entrañas
de los troncos
vetustos;
fluye sutil
fermento de las cañas
y blanda mirra
lloran los arbustos.
Coronando la
escuálida macolla
sangriento
cardenal bate sus alas;
desvanecidas
galas
vertiginoso
remolino arrolla;
y sobre el
lienzo obscuro del quemado,
de perfiles
grotescos,
la ceniza y el
aura han dibujado
flores grises
y rotos arabescos.
Cuando mengüe
la luna habrá verdores
en el fresco
bajío;
y cerriles
atajos corredores,
y venado
bisoño,
en las
tempranas horas del rocío,
alegres
pacerán tierno retoño.
IV
La riente
primavera,
primavera
fugaz, del sol amiga;
la que lluvia
de flores le prodiga
al monte y la
pradera,
también de
seda y oro le regala
al viejo
yerbazal flébil espiga.
También como
la hierba el pobre arbusto
la primorosa
dádiva recibe,
y de su escasa
floración primera
el botón más
hermoso
prende sobre
el cabello revoltoso
la inocente
muchacha sabanera.
¡Oh, luz primaveral! De tu alegría
el espíritu
inundas.
Por ti es más
bello y amoroso el día,
tú enciendes
su pasión, tú la fecundas.
Tú mueves las
canciones voluptuosas
y los castos
arrullos;
tú brindas al
placer lecho de rosas,
tú incitas a
morir las mariposas
en la dulce
embriaguez de los capullos.
¡Oh, florida
estación! Haced que nunca
turbe dolor
violento
la paz de mis
nacientes alegrías…
Y cuando vuele
al fin mi pensamiento,
cuando vuele
hacia allá, cuando yo muera,
que sea su
compañera
la más
brillante aurora de tus días.
V
En estas
dulces tardes veraniegas,
cuando el sol
que se va, desde lejano
purpurino
confín luz moribunda
esparce por el
llano;
y del boscaje
todo rumoroso,
y de un amor
desconocido en alas,
por el aire
sutil suben serenas
la canción
funeral de las chicharras
y la ronca
canción de las colmenas.
Cuando se
apaga el púrpura sangriento
y brota el
color gris:
al horizonte
baña de nuevo
en rojo
la columna de
fuego que calcina
la tostada
maleza del rastrojo.
Y por la faz
siniestra de la noche,
y bajo el
cielo trémulo y sin nube,
en ondas mueve
su pulmón, y sube
y la esperanza
lleva,
el humo: la
plegaria del trabajo;
el holocausto
de la roza nueva.
VI
Al tornar
frescos hálitos del Norte,
del país de la
nieve,
en junco
silbador y bora leve
tendrá el
estero florecida corte.
Al pie de sus
ganados,
y cuando caiga
la primera bruma,
volverán los
pastores emigrados;
volverán las
vacadas
a repletar las
cercas y de espuma
a coronar los
botes
la linfa de
las ubres ordeñadas.
Concertará de
nuevo la alegría
el coro de las
voces;
tras de recia
labor –ya muerto el día–
caballeros
veloces
partirán de
amorosa romería;
y al calor del
brasero,
cuando la
noche pavorosa avance,
cantando irán,
de trovador llanero,
la copla, el
tono triste y el romance.
VII
Sin amor, sin
deber, ¿qué la existencia?...
¡Es tiempo aún
de combatir! ¡Procura,
oh Bardo sin
ventura,
que cese al
fin tu dilatada ausencia!
¡Es tiempo aún
de combatir! Acude,
ven a luchar
con juveniles bríos
por el bien de
la raza cuyos lares
consagra el
almo sol junto a los ríos
y cerca de los
próvidos palmares.
Por el bien de
la raza que abandona
el rincón sin
azares
de la vieja
ciudad, y repartida
sobre la
ardiente, solitaria zona,
lucha con el
dolor y con la vida.
Por amor a tu
raza en desventura;
por esta pobre
tierra
que el
maléfico genio de la guerra
convierte ya
en enorme sepultura.
Por estos
seres buenos y sencillos;
por este
pueblo amado
que vive,
–noble víctima–, entregado
a la ciega
ambición de los caudillos.
VIII
Tus pasos
vuelve hacia el hogar, ¡oh Bardo!...
Yace por
tierra el matizado velo
con el cual
primavera engalanaba
los montes de
tu suelo.
Cantando sin
reposo, la guacaba
pide lluvias
al cielo;
conquistan por
la fuerza y la osadía
nidos para el
invierno los turpiales;
en los ralos
matales
mueve el amor
trinada algarabía;
y con tesón
rayano del enojo
en la verde
oquedad de la montaña
el carpintero
de bonete rojo
cincela el
tronco hasta la dura entraña.
Nueva
decoración y nuevo encanto
lucen las
atrayentes lejanías
que tu
espíritu amó con amor santo.
Grises
tapicerías
cubren el
horizonte. La llanura
tiene otra vez
reverdecido manto.
Como en
aquellos días
del venturoso
tiempo ya lejano,
en pos de mis
pasadas alegrías
vuelvo a
tender la vista sobre el llano.
Caído en la
remota lontananza
sin su manto
de gloria
el moribundo
sol parece un cirio
que alumbrase
honda cámara mortuoria.
El viento, sin
rumor, apenas riza
la silente
laguna en cuyo espejo,
invisible
dolor vertió ceniza.
Y con vuelo
despacio
de la tarde a
los pálidos reflejos,
las garzas que
se van, que se irán lejos,
pueblan de
cruces blancas el espacio.
Hoy como ayer,
andando a la ventura,
absorta la
mirada, lento el paso,
trayendo margaritas
del ocaso
miro bajar la
noche a la llanura.
¡Mas, de
pronto, pensando que fue triste,
pensando con
dolor, pensando en ella,
me arrodillo
en el polvo del camino
que en hora
igual de gozo vespertino
recibió la
caricia de su huella!
¡Oh, destino de
todos los que amaron!
¡Oh, destino
cruel! ¡Tú me condenas
a buscar en
las móviles arenas
unas huellas
que ha tiempo se borraron!
…………………………………
Llanura o
cielo, cúspide o abismo;
¡santa
naturaleza!
Para el dolor
que vive en tu grandeza
¿cuál palabra
mejor que tu mutismo?
¡Oh, Madre! El
áureo broche de tus días,
y tus campos
que amó la Primavera,
retienen
prisionera
el alma de mis
muertas alegrías!
Hoy como ayer,
y de la noche obscura
bajo la
inmensa nave,
en tono
triste, quejumbroso y grave
brota doliente
canto en la llanura.
Y tras breve
silencio, cual sonoro
trueno de
burlas al cantor vecino,
en son de
fiesta alcaravanes pardos,
abierta el ala
de purpúreos dardos,
rompen a
carcajadas en un trino.
De pavura o
dolor, el grave canto,
y la seguida
estrepitosa burla
de crueldad
casi humana,
hieren mi
corazón; lo hieren tanto
que anheloso y
de prisa me levanto
a mirar si
está sola mi sabana.
…………………………………
Del camino a
la vera
fingen los
alineados matorrales
muda legión de
sombras espectrales
en momentos de
espera.
Alada flor de broche diamantino,
errante flor
de fúlgida hermosura,
flor de luz:
el cocuyo peregrino
irradia en la
espesura.
Y, náufrago en
la noche sin ribera,
mi espíritu se
abstrae
pensando que
de un mar desconocido
el llano es una
ola, que ha caído,
el cielo es
una ola, que no cae.
IX
A meditar no
acude cual solía
dulce
melancolía
en la tumba
del sol. ¡Es la tristeza
la que
doliente se arrodilla y reza
cuando, para
morir, desmaya el día!
Ya las noches
no son como eran ellas
propicias al
amor. El cielo obscuro
a las almas no
atrae. ¡Grietado muro,
por él se
asoman pávidas estrellas!
Ya no brilla
inclinada hacia el Oriente
la hermosa
Cruz del Sur. Barre las hojas
la ráfaga
bravía,
y signando la
negra lejanía
serpean
ligeras llamaradas rojas.
X
¡Es tiempo de
que vuelvas!...
Sin
mancilla
te aguarda el
viejo amor. Viva te espera
del culto del
hogar la fe sencilla.
…………………Se fue
la Primavera;
Ruge
amenazador trueno lejano;
y de soles
nublados agorero
la cenicienta
garza del verano
tañe al pasar,
su canto plañidero.
