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Domingo Solórzano - Fernando Aular Durant

 

Domingo Solórzano,

un tucupidense en el Orinoco

Fernando Aular Durant

El público se estremeció cuando cantó aquel niñito de Tucupido la noche decisiva del primer Festival Infantil Cantaclaro, con aquella vocecita aguda, bien timbrada y recia con aquella carita de indio cumanagoto y con aquel liquiqui y sombrero de muchacho llanero, Juan Bautista Charaima Aular. El Indio Charaima, quien se lanzó con un canto a José Félix Ribas en ritmo de carnaval, letra de su maestro Domingo Solórzano.

Canto a José Félix Ribas,

el héroe de la Victoria,

hoy le dedico estos versos

que salen de memoria,

recordando con fervor

pedazos de nuestra historia,

como buen venezolano

deseo que se halle en le gloria.

De la escuela de Cerro Grande, caserío al noreste de Tucupido, se lo había traído el maestro Domingo Solórzano, quien observando el talento para la música de aquel niño lo había preparado minuciosamente en el canto, el gesto y la dicción; le había escrito y enseñado la letra de la canción, adaptada para el ritmo alegre y brillante de un carnaval; le había conseguido el traje y le había animado para el triunfo. Y ese día 26 de junio de 1975, El Indio Charaima se ganó al jurado, al público y el primer lugar de la voz recia del primer Festival Cantaclaro.

Domingo Solórzano es un maestro tucupidense, hoy ya jubilado y que actualmente vive en Ciudad Bolívar, allí cerca del río Padre, donde continúa sus correrías culturales brindando sus aportes al periodismo, a la radio, a la poesía y al cultivo de las amistades.

Había nacido en la población llanera del Granero del Guárico el 04 de agosto de 1946. Hijo de José Satumino Sarramera y de Juana Solórzano.

Cursó estudios de primaria en el Grupo Escolar Narciso López Camacho de su pueblo natal y realizó curso de técnica en pintura industrial, dedicándose a la docencia en el medio rural.

En 1969 llegó como maestro al caserío Cerro Grande, donde le habían precedido insignes maestros y maestras como Raúl "Chicho" Soto, el maestro y poeta Mena Herrera. Ángel Uvieda, Cora Valiente y María Zamora. Allí comienza su labor de maestro, educa a los niños, a los padres y a los habitantes, de quienes cultiva la amistad; el comisario, el enfermero, el constructor de silletas de cuero, el fabricante de escobas de millo, los agricultores, el chofer que maneja la famosa "Calandria", camioneta de pasajeros que se mete por todos esos caseríos. Visita sus hogares, donde lo reciben con los típicos sancochos o con algún pisillo de venado. Organiza actos culturales, juegos infantiles y canta sus canciones o recita sus poemas en las reuniones sociales. En tiempos libres escribe y compone canciones. A este maestro no lo detienen ni la plaga, las polvaredas de verano ni los barrizales de invierno.

Es un maestro folclorista, allá también emprende una labor para realzar las costumbres populares y el folclor nacional, para lo cual compone corridos, coplas y escribe interesantes crónicas del pueblo.

Es autor del opúsculo titulado: "Pioneros de Cantaclaro” 1975, donde relata la historia de la creación del Festival Infantil Cantaclaro, sus fundadores y organizadores, los participantes ganadores y la importancia trascendental para el folclore venezolano de este festival.

Esta misma obra contiene las letras de las canciones Canto a José Félix Ribas, ganadora del festival, Mi plaza es un paraíso, El burro mocho e Historia de mi granero (letra para ritmo de pajarillo).

Tiene un libro de poemas titulado: "Aura de Recuerdos” (2004), donde utiliza el soneto, la glosa, las décimas y el corrido y donde destacan los poemas: Senderos de Tucupido, Glosa de la madre, Epitafio Llanero, Homenaje a un caserío, ¡Viva Arévalo Cedeño!, Glosa de amor y tormento, Décima de la llanura, Orinoco, Para la vieja Angostura y Aventura en la Calandria, que como dijimos anteriormente, era una camioneta que hacia transporte en Tucupido, Cerro Grande, Lagunitas, La Ceiba, La Fortuna y muchos otros caseríos, por aquellas carreteritas de tierra o granzón, la cual manejaba Simón Guzmán.

Escribió otro libro titulado “De Tamanaco a Orinoco, Historia, Cuento y Corrío”, 2004, muy ameno, donde relata pequeñas historias de personajes, como Arévalo Cedeño, Secundino Talavera, Modesto Nieves y Mauriciote; costumbres llaneras y sucesos de la guerra de independencia, de la federación, los asesinos de Ribas, matanza en Rio Negro.

Es autor, letra y música de una canción titulada "El burro mocho", de ritmo muy pegajoso, que ha sido interpretada por corales, por el Trio Reminiscencia de Tucupido y recientemente lo grabó el reconocido músico, compositor y cantante Pedro Luis Gómez, quien hizo una magnífica versión acompañada con conjunto de arpa.

Candelaria tiene un burro,

ese lo llaman "El Mocho",

es un burrito muy bueno

que tiene el rabo topocho.

Palo Sano y las adjuntas,

cerro Grande y la Corneta,

que son las tierras del burro

cuando se va pá la fiesta.

Allá en ciudad Bolívar suele reunirse con poetas, cantores, escritores, historiadores, cronistas y artistas de varias ramas de las bellas artes. Suele colaborar en varios periódicos regionales, como "El Progreso”, de Ciudad Bolívar, donde publica sus crónicas y sus poemas. Participa en recitales, conferencias y foros.

Ha recibido múltiples homenajes, como el que le hiciera la Fundación Amigos de Narciso López Camacho de Tucupido, acto realizado en la escuela de Cerro Grande, el 15 de septiembre del 2006, donde el orador de orden fue el maestro, también jubilado Leonardo Aular, quien expresó: "Los momentos felices son escasos y por eso, hay que conservarlos lo más que se pueda. Precisamente estamos viviendo un momento feliz, compartiendo con un maestro del ayer, proyectado más allá del terruño nativo, Tucupido, enclavado en la llanura guariqueña, para hacerse sentir en tierra guayanesa con su canto, su música y su poesía”.


Domingo Solórzano - Degnis Romero

                                    Domingo Solórzano, con su hija Daysi, en el IX Encuentro de Poetas, en Tucupido, el 25-04-2014

El brío intelectual

Domingo Solórzano

Degnis Romero

Domingo Solórzano, es, como muchos, un tucupidense de extracción humilde y orgulloso de sus orígenes orilleros en el barrio Sanjonote, ubicado en el lado sur de Tucupido.

A sus recién cumplidos 68 años se puede considerar un muchacho, si se toma como referencia que en los años 50 del siglo XX un hombre de 50 años lucía como un viejo decrépito.

Lo llamamos a su casa ubicada en la calle Colón del barrio La Sabanita, de Ciudad Bolívar, donde reside desde hace 21 años, para que nos cuente acerca de su vida y de su abundante obra literaria, poética y musical.

La tarea se facilita porque nos envía una semblanza correspondiente a la “Antología de la Antigua y la Actual Poesía Guayanesa”, cuyo contenido está al final, escrita por Oscar Pirrongelli Seijas, y que recuerda los densos trabajos de Humberto Contreras, acerca de la obra musical de Rufo Pérez Salomón y de Adolfo Rodríguez, referido a la poesía de Máximo Salazar Carchidio.

Cabe destacar, entre paréntesis y con orgullo llanero, que el libro de Adolfo: “Los Llanos: enigma y explicación de Venezuela”, se puede leer en la biblioteca del Centro Cultural “Enrique Eraso”, frente a la Plaza Bolívar de El Hatillo.

Domingo nos cuenta: “Mi abuelo vendió una vaca en 40 bolos, compró una casa en el barrio Sanjonote y se la regaló a mi mamá. Tenía paredes de bahareque y techo de escándula (tablas de jabillo). No se mojaba y era fresquecita”. Y sigue: “Mi tía Luisa Amariscua, era del mismo barrio de tu abuela y de tu mamá. Estoy escribiendo mi autobiografía y digo que mi origen data de un baile de joropo en ese barrio San Pablo, una noche en que tocaba Rafael Vidal “El negro con la voz de plata”, con mi mamá bailando y mi papá tocando maracas. Yo aún no había nacido, pero uno cuando nace ya tiene nueve meses”.

Propone, con buena dosis de angustia, una investigación acerca de las esquinas y los barrios del pueblo, para rescatar esa parte de la historia local que se encuentra en el olvido.

Cuenta que Armas Chitty, recogió en la Plaza Bolívar la mayor parte de la información que le sirvió para, en menos de dos años, escribir su laureado libro. Agrega que este autor nunca conoció acerca de los indios de Cerro Grande y mucho menos de su Cruz, que para 1960 ya tenía unos 50 años.

Recuerda que: “en una oportunidad, me traje cinco libros de Tucupido, uno de los cuales era del Vate Aular, el cual entregué a una biblioteca de aquí en un acto especial. Por esa época fue que vi tu primer reportaje “Tucupido cincuentero”, acerca del pueblo, publicado en El Reportero”.

Luego trae a colación una referencia, que ya habíamos ubicado en Internet, acerca del nunca bien ponderado poeta Modesto Nieves y su poema “El corrido de los animales”, que aparece en la página 24 del trabajo “Poesía Popular Andina”, Tomo 1, publicado por el Instituto Andino de Artes Populares, cuyo capítulo venezolano refleja: Colección, selección y notas de Luís Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz. Antes del texto del poema se lee este comentario: “Con el nombre de "corrido de los animales" recogimos en 1947 en Tucupido la siguiente pieza de boca del cantor Modesto Nieves. Se nota en el texto el comienzo en versos pareados, pero esta característica no se mantiene, porque sigue después una rima libre. Es interesante la mención de los animales, puesto que en todo el texto aparecen nombrados más de treinta, todos conocidos en Venezuela con la excepción de el coyote”.

Esta publicación representa un enorme desagravio para el insigne poeta tucupidense, ya que se rescata la autoría del poema librándolo del injusto e indeseable anonimato.

Domingo también fue maestro en la escuela de Cerro Grande durante ‘nosécuántos’ años y dejó plasmado su amor y raigambre en el excelente escrito “CERRO GRANDE CASERIO DEL ORIENTE DEL GUÁRICO”.

Concluyendo la conversa, refiere: “Juan Sabroso, era la piscina de nosotros, así como la laguna de La Guasimita, que era por donde ahora están las torres de CANTV".

Se finaliza con la hermosa letra del himno con el que Domingo participó en el concurso Himno del Municipio Ribas:

HIMNO A TUCUPIDO

LETRA: DOMINGO SOLÓRZANO

 

CORO

 

Tucupido eres pueblo sagrado

Cuyo genio y aliento creador

Sus principios jamás ha olvidado

Del trabajo, la paz y el honor

 

I

 

En tu historia de mítico origen                               Tamanaco de limpia corriente      

Luce el nombre de Guaramental                           Le dio vida a tu india y tu flor         

Un valiente guerrero aborigen                               Y a tu tierra le dio la simiente        

Que luchó por su tierra natal                                  En promesas y espiga de amor   

                       

CORO                                              

 

II

 

Tu cultura, grandeza y talento                                Tucupido, la luz de una estrella

Pueblo amado de eximia virtud,                            En tu cielo la puso el creador

Son emblemas que exhibes al viento                     Como lámpara mística y bella

Cual blasón de inmortal juventud                          Que te da su divino fulgor

 

CORO                                              

 

III

 

Hoy tu gente es un cálido ejemplo                        Dios bendiga el terrón floreciente

De alegría, de fe y hermandad                              Donde mora la paz del hogar

Y en su fiel corazón lleva un templo                      Y en que nadie doblega la frente

De esperanza, valor y lealtad                                 Si el destino nos quiere humillar

 

CORO                                              

 

Antología de la Antigua y la Actual Poesía Guayanesa

Domingo Solórzano

 (Tucupido, Estado Guárico, 1946)

Reside en Ciudad Bolívar desde hace más de 25 años, y aunque desde su juventud ingresó a la docencia de núcleos escolares rurales en Cerro Grande, un vecindario cercano a Tucupido, puede decirse que su formación literaria la adquirió en Guayana, donde se integró a la Red Nacional de Escritores, a la Asociación de escritores de Venezuela y al Movimiento Pedagógico “El Porche Literario”. Además ha sido columnista de los periódicos locales “El Expreso” y El Progreso”, y ha participado entusiastamente en el grupo “La Barca de Oro”. También su vocación docente y poética la ha alternado con actividades políticas y sociales: fue dirigente del partido Socialcristiano en su pueblo natal, en donde llegó a ser concejal por este partido, también se ha abierto a la investigación folclórica e histórica, tópicos sobre los que ha escrito muchos ensayos, casi todos ellos inéditos hasta la fecha. Ha publicado los libros “La Vaca Conuquera” (Impresos Copy Flash, Ciudad Bolívar 2012), y De Tamanaco a Orinoco” (El Perro y La Rana, 2013), el primero de ellos prologado por Oscar Pirrongelli Seijas.

Podemos afirmar que no hay actividad cultural en Tucupido, Valle de La Pascua y Ciudad Bolívar donde no esté presente Domingo Solórzano, un llanero sencillote, amigo sincero e íntegro. La mayoría de sus poemas no han sido ordenados en un volumen orgánico, sino que andan sueltos en periódicos o suplementos literarios de las poblaciones arriba citadas. De ellas hemos seleccionado para muestrario las que a continuación se presentan, todas de tinte ameno y alegre, donde no se deja notar el más leve resquemor de amargura, todos ellos entresacados de los cuentos y crónicas que el autor suele intercalar en sus narraciones.

Actualmente está entregado a la enseñanza de la doctrina cristiana.

AVENTURAS EN LA CAMIONETA FORD LLAMADA “LA CALANDRIA”

I

Un día domingo de marzo

en Tucupido yo estaba

y me embarqué en “La Calandria”

que a Cerro Grande viajaba.

Recuerdo que al bar “La Viuda”

Juan Domingo me invitaba,

con Negro Leal y Simón Laucho

una cerveza tomaba.

El amigo Pedro Porras

muy risueño acompañaba,

Regino Aular, el cuatrista

el ratón se le pasaba.

Dijo Gregorio Martínez

mientras La Viuda miraba:

No se vayan que hay más caña

Y cerveza nos brindaba.

Con reales de la cochina

que en los bolsillos cargaba

recuerdo que gente fina

en ese carro no andaba.

El amigo Ángel Pedrique

Pa´ la tensión que sufría

sus pastillas se tomaba,

como a las dos de la tarde

al puerto de El Dos llegaba

a tomar cerveza fría

y a gozar del panorama.

Después de pasar un rato

La Calandria” ya arrancaba

Con rumbo hacia Cerro Grande

que era la meta esperada.

II

Aquella Guayaba Verde

con alegría yo cantaba,

mi compay José Gregorio

veinte estornudos echaba

por efecto de la caña

y el tierrero que tragaba.

A las cuatro de la tarde

a Cerro Grande llegaba.

Dijo Alejandro Charaima:

tengo muchacha en la casa;

si quieren yo los invito

a comer gallina en salsa.

Que no vaya Joseíto

porque no les deja papas.

Por cierto que la gallina

que en esa tarde expiraba

nos la regaló Alejandro,

Graterol nos explicaba.

Como a las seis de la tarde

nos comimos la jabada.

El compañero Cruz Guaita

a la mesa se arrimaba;

Juan Machuca llega tarde,

por la herida resollaba

porque no comió gallina,

mucho menos carne asada.

Estas fueron correrías

de amigos entre parrandas

que entre chistes y palitos

pasaron fin de semana.

Y este corrió se llama

Aventura en La Calandria.

 

NOTA: Tardíamente nos hemos enterado de que Domingo Solórzano ha lanzado al aire un pequeño folleto titulado Aura de Recuerdos”, en el cual recoge un resumen antológico de sus creaciones poéticas entre los años 1970 y 2004.

De esta pequeña antología elaborada por el propio autor seleccionamos el que está más entrañablemente ligado a la región guayanesa:

Orinoco

Noche clara, fría, decembrina

a contemplar la belleza nos llama;

cual susurro musical de palma

la inquietud del oleaje se avecina.

Se divisa en lontananza

nervioso, bello,

el juguetear de las aguas,

al vaivén se mecen las piraguas

semejando pinceles de esperanza.

Admito que me siento poeta

admirando del agua su belleza,

que siempre está exenta de tristeza

y parece del cielo generosa puerta.

Las nubes y tu Orinoco son hermanos

cuando los creó la madre natura,

les cedió toda su hermosura

y que fueran en riquezas soberanos.

Entre el llano y la montaña

van tus aguas cantarinas,

el rumor suave de la brisa le baña

cuando en pos del auge de tus minas.

Sobre ti se proyectó incólume

la gloria tan señera de Bolívar,

en ti paladeó el almíbar

su grandeza, cuando al cielo sube.

Te canto, sí, Orinoco, te canto,

lo hago junto al lucero

y se me nublan los ojos en llanto

en mi sentir tan llanero.

Quizás sea de tristeza o tal vez de melancolía

pues la luz de las estrellas

viendo tus noches tan bellas

me han hecho jurar que volvía.

¡Orinoco! Frente a ti está un hermano

comparando tu fuerte oleaje

con fuerza y tropel de caballo y llano

Con el ritmo del arpa en su cordaje

con vaivén de pajonal en sabana

que se mece con la brisa soberana,

con el recio de la copla y el pasaje

que viajan contigo, Orinoco

desde Angostura y Parmana.

Un manantial de ternura

te dejo con mi sentimiento,

y la inspiración que siento

la dedico a tu hermosura.

El río Orinoco ha sido motivo de inspiración por grandes poetas desde el mismo año de su descubrimiento. Aun hoy existen evidencias de cantos ancestrales entre las etnias guaraos, cariñas, piaroas, panares y kerales que habitaron en sus cercanías. Muchos cantores modernos le han tributado elogios, como Neruda, Andrés Eloy Blanco, Concepción Acevedo de Taylhardat, Jean Aristeguieta, Luz Machado, Guillermina Mimina Lezama, Eucario García Rivas, Domingo Solórzano, Girelda Centeno, Francisco Arévalo, Gilberto Marfissi, Oscar Pirrongelli Seijas, Abraham Salloum Bitar, etc. mientras que novelistas venezolanos y extranjeros lo han ensalzado en sus obras, como Julio Verne, Rómulo Gallegos, Diógenes Troncone, Oscar Pirrongelli Seijas y Lusete Alves, entre otros. (N. del R.)

Algunas publicaciones:

Domingo Solórzano:

Aura de Recuerdos.- Impresos Copy Flas C.A., Ciudad Bolívar, Estado Bolívar, Venezuela, 2012.

 Domingo Solórzano:

De Tamanaco a Orinoco.- Ministerio de la Cultura,

Fundación Editorial El Perro y la Rana, Colección

Crónicas Históricas, Ciudad Bolívar, Venezuela,

2013.

Domingo Solórzano:

La Vaca Conuquera y Otros Relatos.- Impresos Copy

Flash C.A., Ciudad Bolívar, Estado Bolívar, Venezuela, 2012.

 

Ramón Eladio Rengifo: gremialista y político - Rafael Eney Silveira “Lito”

 

Ramón Eladio Rengifo: gremialista y político

Rafael Eney Silveira “Lito”

Cuando hacemos un ejercicio memorístico para evocar líderes  gremiales y políticos en Guárico, sería imperdonable excluir a Ramón Eladio Rengifo, “El Negrito de Tucupido”, persona de nuestra franca querencia.

Ramón Eladio fue parte de un estelar elenco docente protagonista de la época dorada del Liceo “José Gil Fortoul”. En esta institución, el citado amigo regentó con notable eficacia y exigencia las cátedras de Mineralogía e Historia Documental y Crítica, promoviendo con asertivas didácticas una visión heurística y de profundo sentido opinático en sus alumnos.

Su discurso docente es  admirable y eficaz para la transferencia cognoscitiva de los contenidos. Esas notables características hacían interesantes sus clases y enaltecían su desempeño pedagógico, estimulando el debate y la pimentosa polémica en los estudiantes.

Cuando elaboraba las pruebas escritas conminaba al estudiante a manifestar la criticidad a la par del desarrollo de la razón.

Desde muy joven se enroló en las huestes de Acción Democrática, organización en la cual alcanzó cargos direccionales con el respaldo mayoritario de la base, según los estatutos eleccionarios de este partido.

Fue diputado a la Asamblea Legislativa de Guárico, organismo parlamentario del cual ejerció la presidencia. Siendo este escribano, dirigente juvenil de la misma tolda, escuchaba con atención sus medulosos discursos con atrayente metodología expositiva, amén de la agudeza en sus estratégicas propuestas ante conflictivas situaciones, siempre demostrando innegable dominio del tema abordado.

Cuando fue Director de la Zona Educativa Guárico promovió con indiscutido éxito la interactividad de las instituciones educativas con la comunidad.

En la actualidad, Ramón Eladio es presidente del Colegio de Profesores, cargo para el cual tiene sobrados méritos para ser ratificado.

Son muchos los líderes gremiales con vergonzosos talantes dúctiles y con una subordinación obsesa al patrono. Ramón es protagonista combativo, gremialista integral y con polimático conocimiento de la problemática docente. Sin duda alguna Ramón es recordado con afecto por sus ex alumnos, quienes están persuadidos de haber compartido con un profesor de jerarquía intelectual y pedagógica.


Fatonio, andariego - Rafael González

 


¡Fatonio, Fatonio, levántate, levántate; están tumbando al dictador! Logré escuchar decir a la prima Omaira, mientras movía mi chinchorro suavemente, tratando de despertarme, a eso de las cuatro de la madrugada.

Todavía adormitado, le pregunto: ¿Qué pasa, qué quieres?

Párate, que todo el mundo está en la calle celebrando la caída de Pérez Jiménez, vamos pa' la calle. Insistía la prima, mientras movía otros chinchorros de quienes también dormían en el amplio corredor de la casa.

Lentamente, con la flojera del niño somnoliento, y sin comprender la causa de tanta prisa para levantarme, fui al chorro de agua instalado en el patio, para lavarme; y nerviosamente logre ponerme los pantalones, la franela y mis alpargatas para salir de la sala; desde donde podía oír mucha bulla de la calle y un tenue olor a humo de candela.

¡Vente, apúrate! Me decía la prima, mostrando interés en que la acompañara hasta donde había una multitud de personas dispersas en la esquina de la bodega de Espinoza, en la calle Gabante, cruce con la calle Salóm, en frente, donde estaban las paredes en ruinas de lo que hoy es la Sociedad Socorro Mutuo.

Allí estaban personas mayores, hombres y mujeres conocidas del céntrico sector del pueblo, lanzando palos, sillas y trastos viejos; también unas fotografías enmarcadas del Teniente Coronel Marcos Pérez Jiménez, a un candelorio en medio de la calle de tierra, que alumbraba las cuatro esquinas. Celebraban con euforia, gritando: ¡Fuera el dictador! ¡Se acabó la tiranía! ¡Viva la democracia! Mientras la candela destruía lo que por ocho años adornó las oficinas de gobierno y algunas paredes de los zaguanes de las coloniales construcciones de Tucupido, estado Guárico. 

Entre las personas que pude reconocer estaban: Don Ramón Díaz, Carlos Casado, Alcides León, Juan Robles, Antonio Tinedo, José Espinoza, Amadeo (El Chingo) Molfese, Filiberto Rangel, Gilberto González, Don Morocho Silva, José Manuel Rodríguez, Carlitos Moreno; y otros tantos en compañía de las mujeres: Rosa Casado, Estefanía González (la abuela), Doña Julia de Robles, Doña Hipólita Moreno, Empera de Díaz, Marbella de Casado, Mercedes Moreno, Celestina de Tinedo, Ana González (Tía Anita), que conformaban la enardecida multitud; donde también se encontraban niños de mi edad: Antonio y Zoraida Rengifo, Yofre Tinedo, Luis Jiménez, Nelson, José y Miguel Hernández; mi prima Omaira Tinedo, joven impetuosa, que atizaba los ánimos de los manifestantes con enérgicos gritos; entre otros.

Mientras pasaba la madrugada, el fuego también se debilitaba, ya no había objetos que lanzar a la hoguera; pero, lo que no acababa eran las consignas alusivas a la libertad, a la democracia y los ¡Viva Venezuela!, de forma continua. Por instantes se escuchaban breves expresiones de rencor contra el régimen que culminaba; cortas historias relataban un hecho concreto de represión contra uno u otro de los presentes, que en alguna oportunidad les propinó algún funcionario del gobierno, o la policía local. Poco a poco, con apenas nueve años de edad, fui comprendiendo aquella actitud de los adultos. Celebraban la caída de un régimen opresor, dirigido por un militar tirano y sus secuaces.

Con la confusión todavía en mi mente por todo aquello que vieron mis ojos en la madrugada del 23 de Enero del año 1958; y que también ocurría en otras esquinas de la población, los recuerdos fueron llegando a mí mente, motivados por las cortas historias que daban los enardecidos vecinos mientras atizaban la candela, ya convertida en cenizas.

Comencé a comprender por qué el policía Eduardo Barrios, a quien llamábamos el tuerto, nos corría con frecuencia del sitio donde jugábamos metra; o nos llegaba una patrulla cuando estábamos jugando “policía y librado", zamurito o guataco; o en el mejor de los casos, jugando fútbol en la calle Zaraza, al lado de la cañada.

En la casa donde hoy vive la familia Malpica había un techo de mediagua, sin paredes y con el piso de tierra; era el sitio de encontrarnos para jugar metras, trompo y gurrufío. Cerca de veinte muchachos pasábamos gran parte del día, luego de regresar de la escuela, hasta que el fornido y alto policía nos llegaba de sorpresa para dispersarnos y acabar con el juego. Nunca entendimos la razón, hasta que escuché las expresiones de aquellos manifestantes: ¡Se acabaron las persecuciones, ahora somos libres, podemos hacer lo que queramos, sin vigilancia de policías sapos!

Pero, ¿Qué relación tenía aquella manifestación de desahogo con nosotros los párvulos de 7 a 9 años, para entonces? Claro, éramos la semilla de la democracia, no convenía que nos aglutináramos en reuniones, podíamos comenzar a pensar en grupos. Delicado para el régimen.

Pude imaginar en ese momento las complicaciones que en esos días pudo haber tenido mi tía Ysabel, quien se encontraba en Caracas para viajar a los Estados Unidos con su esposo Walter Walker Hyman, trabajador de la compañía petrolera Atlantic Venezuela, junto con sus tres pequeños hijos Elizabeth, Walter y Miriam; quienes viajaron desde la ciudad de Maturín y fueron reubicados en el hotel Tamanaco de Caracas debido a que el vuelo para Houston fue suspendido por los acontecimientos que estaban ocurriendo en todo el país.

Cuenta Ysabel que, “En una de esas noches, entre el 23 de Enero y 27, fuimos desalojados de un hotel del centro de la ciudad para trasladarnos al Tamanaco porque había mucha confusión, se escuchaban disparos y se corrió el rumor que buscarían a los norteamericanos para deportarlos del país; pero, nosotros ya estábamos preparados para salir de viaje por razones naturales. Mi esposo decidió viajar a Houston para establecernos por allá con la familia porque el contrato de la compañía se había acabado. Salimos el 28 de Enero del año 1958”.

Tía Ysabel vive en Estados Unidos desde hace 54 años; y se hizo ciudadana norteamericana.

El impacto de aquellos actos libertarios y la sucesión del dictador lo fui asimilando desde mi escuela, y también desde mi casa. En el grupo Escolar “Narciso López Camacho”, a la semana siguiente se sintieron cambios importantes bajo la dirección del maestro Luis Manuel Escalona. La emblemática institución, que albergaba a la gran mayoría de niños y niñas de la rural población de Tucupido, comenzó a aumentar la matricula, la jornada escolar, que era de un solo turno para todos los alumnos (mañana y tarde), pasó a dos turnos para incluir más estudiantes.

Temerario es forzar la memoria con el temor de dejar de mencionar personajes o amigos, con quienes compartí mis primeros estudios, pero, puedo recordar a las maestras Carmencita Arveláiz, Onofre Martí, Luisa Margot de Panzarelli, Olga de Lozada, Ligia de Cachut, Ysabel de Toro; y otros docentes, de quienes tome enseñanzas muy puntuales para mi futura formación. De allí mis recuerdos.

Pero, cómo no hacer honor a los amigos y amigas de infancia, con quienes compartí desde el primer grado hasta el sexto. Por ejemplo, las hermanas María y Luisa Quintana, Luis Carpio, Melecio Campos, Digna Luna, Jesús González, Elisa Palma, Rafaelito Palma, Kike Corales, Aracelis Gómez, Emilio Soler, Numa Topochito, Omar Catanaima, Enrique Solórzano, Pedrito Maestre, Daniel Pérez, Carlos Infante, Elpidio Requena, Omaira Reinefeld, América Brito…; sin contar la estrecha relación que teníamos los niños del barrio, entre los cuales estaban: Antonio Rengifo, Jesús y Héctor, José Hernández (Joselaperra), Chito Hernández, Miguel Hernández (Borrachito), Ciro Ruíz, Freddy Jiménez (Negromalo), León Mass Aquino, Antonio José y Carlitos Arveláiz, Juan Camero, Jofre y Nino Tinedo, el Negro Tinedo. Entre estos, y otros más, debo contar la presencia del primo Tomás González, quien era mucho mayor que todos nosotros, pero siempre nos acompañó en las andanzas. Era un niño más.

Con ambos grupos, en tiempos y actividades diferentes, fuimos interactuando durante la infancia. En el ambiente escolar era muy frecuente visitar las casas de algunos compañeros de clases para hacer las tareas asignadas, realizar los dibujos, aprender el uso del diccionario, forrar los cuadernos y distraernos con algún atractivo que ofrecía la casa anfitriona. Si no era para observar los animalitos que criaban en cada una de ellas, como loros, pericos, turpiales, cochinos, perros, entre otros; era para tumbar los mamones, las cerezas españolas, ciruelas, jobos, riñones, guanábanas, etc., del patio. Siempre había una distracción luego de las tareas escolares.

El otro ambiente era el del ocio, ya no había tarea escolar ni estudio; lo divertido era salir de la casa con los amiguitos, vecinos; residentes de las calles Salóm, Gabante, Ricaurte, Centeno, Zaraza; donde se encontraba el grupo más cercano que se juntaba en cualquiera de las esquinas para salir a recorrer el monte que rodeaba a Tucupido: la laguna de Rivero, el bajo de la nueva, la represa vieja, el río Tamanaco; en fin, no había sitio que se quedara sin visitar por este grupo de amigos. Y cada uno de ellos tenía un atractivo diferente. Entre los que resaltan bañarse en las aguas de la pequeña laguna de Rivero, en los caños de la represa vieja, o el desafío de llegar al tapón de la represa nueva.

Éste era el grupo del barrio, como también existían los grupos en otros sectores de la población, con quienes nos fuimos relacionando por intermedio del deporte, de los juegos tradicionales o, a través de las concentraciones que siempre se organizaban en la plaza Bolívar, en el cine, en el estadio o en la manga de coleo. Eran las principales distracciones de los tucupidenses.

De esta etapa quedó muy marcada la experiencia de las modestas condiciones histriónicas que Dios y la naturaleza pusieron en mí: el canto.

Pero no la interpretación profesional, más bien emocional; cantar por entusiasmo. Y, tal vez por algunas de las directas o indirectas influencias que hicieron mella en mi infancia; entre las cuales debo reconocer la de mi tía Anita, madre de Ysabel, Raúl y Tomás; a quien todavía tengo en mente meciéndose en un chinchorro, cantando las canciones del momento: tangos, rancheras, boleros, poesías, etc. O, también, influenciado por la permanencia de una corneta de viento que colgaba desde lo más alto de un roble en el patio de la casa de Acción Democrática, en la calle Ricaurte, desde donde el negro Cabeza y otros activistas no cesaban de colocar todo tipo de música para llamar la atención de la gente, captando militancia. Pero, hay que aceptar, animaban el ambiente del sector... aquello se oía lejísimo. Y los muchachos del barrio no escapábamos al atractivo de ir a ver cómo era todo aquello.

Pero también, gracias a la cercanía de mi casa de residencia, en la calle Salóm, con la casual llegada del profesor Napoleón Baltodano, como inquilino a la casa de al lado, donde por mucho tiempo vivió la familia Correa: Saturnino, doña Juana Ledezma de Correa, y sus hijos Lucila, Cruz Amelia (la china), Nancy, Nino, Olivia, Emilio Alfonzo (Poncho) y Saturnino (Nino). Acompañados siempre de Felicia y su hija Rita. También vivió en esa casa el profesor Dobles y familia, un español que fue Director del Liceo Nocturno; y luego fue la residencia de Titino Toro y la maestra Ysabel de Toro.

Los ensayos de los muchachos que más tarde conformarían la Banda de música del pueblo era uno de los atractivos más emocionantes que ansiaba ver luego de llegar de la escuela. Allí estaban: Lalito (Abelardo Baltodano), José Flores, Nonó, Nelson Hernández, Andrés Navas (Palangana), Manuel Ruíz, Julio León, Hernán Martínez (Perico), Chávez, José Sierra, Coquito, Celestino Catanaima, Francisco Rodríguez (Ñemita); Manuelito y Rolando, que estaban dando sus primeros pasos en la banda. Todos, dirigidos por el Maestro Baltodano, quien sembró la semilla de la escuela de música que más tarde llevaría su nombre.

Fue así como, con los ensayos voluntarios desde la mata e' tapara de mi casa, colindando con el patio de la casa de Carmen Tinedo, la mamá de El Negro, Teca y José; o en el copo del frondoso almendrón en la casa de Don Rafaelito Rengifo y Doña Martina; padres de Josefa, Pérsida, Zoraida, Antonio, Jesús y Héctor. Y, ocasionalmente en el precario baño a cielo abierto, con una regadera, cubierto de láminas de Zinc; fui labrando un tono de voz que llamó la atención a mucha gente. Siempre que había una reunión social de adultos me invitaban a cantar. Para mí era un placer hacerlo a capela, o acompañado con un cuatro o una guitarra.

En una de estas invitaciones, fue la negra Felicia Rengifo, hija de doña Isidra, residente de la calle Centeno; quien tuvo la voluntad de decirle a mi madre: “Vamos a preparar a Fatonio para que le cante a Rómulo”.

No lo pensaron mucho. En pocos días, previo a unos improvisados ensayos, estaba vestido de liquiliqui blanco, con un pañuelo rojo al cuello, sombrero de cogollo y alpargatas de suela. Era el atuendo para cantarle a Rómulo Betancourt, quien visitaba Tucupido en una de sus campañas electorales. El escenario fue un templete montado en el mismo patio donde estaban las insistentes cornetas de viento que regaban música a todo el vecindario, todo el día.

Con el tiempo pude darme cuenta del momento para el cual fui útil, o utilizado; con mi actuación se mataba el tiempo mientras el “Padre de la democracia” llegaba para decir su discurso. Pero, en honor a la verdad, puedo decir que la ventaja obtenida por aquella presentación, con el paso del tiempo, fue la oportunidad de ver muy de cerca a quien después de poco tiempo fuera el presidente de la república, en compañía del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, Jesús Ángel Paz Galarraga, José Ángel Ciliberto, y otros dirigentes de la tolda blanca, antes de la división. También puedo agradecer que a partir de allí comenzaron a llegar las invitaciones para cantar en otros escenarios, como el colegio de las monjas, María Inmaculada, donde además proyectaban películas cobrando un real (Bs. 0,50). Yo no pagaba, pero, en medio de la película, mientras cambiaban el rollo, me pedían cantar. Lo que siempre esperaba con cierto nerviosismo pero con ganas de hacerlo.

Creo estas presentaciones, junto con las condiciones socioeconómicas de la familia y los servicios de salud que mi madre prestaba a las monjas, sirvieron para que mi hermana Zully fuese becada por las religiosas para cursar hasta el sexto grado. También me invitaban algunas familias de la sociedad tucupidense de entonces para oírme cantar; y tal vez, con el empeño de que sus hijos hicieran lo mismo... Mera especulación.

Otro de los beneficios de aquella presentación en AD fue haber sido seleccionado, junto con mi amiga Jenny Malpica, hija de Tioco y Gladys, para cantar en la celebración de los 200 años de la fundación de Tucupido, era el Bicentenario. Para ese año, 1960, se celebró uno de los más concurridos reencuentros de los hombres y mujeres del pueblo que, por una u otra causa, se vieron obligados a mudarse a otros lugares, especialmente a Caracas, Valencia, Maracay, Puerto Ordaz, etc. La reina de tan importante evento fue la siempre bella, Aminta Guacarán; quien vistió elegante traje largo de color blanco para el momento de su coronación, en la plaza Bolívar.

Era una mañana hermosa, un radiante sol, la plaza Bolívar llena de gente que vino de muchas partes del país con sus mejores galas matinales. AI salir la Misa de Acción de Gracias que oficio el Padre Zúñiga, comenzó el acto cultural previsto para tan importante celebración. El programa de la velada fue variado. Recuerdo al poeta Roque Peñalver, brindando los poemas de su inspiración a los presentes, grupos de danzas folklóricas que alegraron la mañana; Jenny Malpica demostró sus cualidades como la estrella infantil femenina; luego, acompañado por la Banda de Música, quienes vistieron uniforme de gala, me tocó salir con el mismo liquiliqui blanco para cantar “Campanera” pieza que interpretaba el cantante español del momento, Joselito.

Una anécdota que tengo de esta presentación es un cuento que siempre repite el conocido y apreciado amigo “mojón de tigre”, quien con su forma peculiar de contar historias, dijo: “Yo recuerdo esa vez, en el Bicentenario de Tucupido (1960), cuando cantabas en la plaza Bolívar; yo estaba entre la gente y dije: ¿Quién es ese carajito que canta tan lindo? Inmediatamente, detrás de mi sentí una voz recia y firme de mujer que dijo: “ese es mi hijo”. Era la voz de Blanca González, la enfermera de Tucupido, una pinga e' mujer (alta), que tenía detrás de mí". Cuenta Joseíto Jiménez.

Esta, y otras experiencias, sirvieron para que el profesor Baltodano le hiciera la proposición a mi madre de “pulirme” en el canto y orientarme hacia el mundo artístico.

¡No señor...!, dijo mi madre a su compadre Baltodano. “Mi hijo no se meterá en ese mundo de perdición, de allí vienen las fiestas, los vicios, la radio, la televisión...y dígame el cine...Yo no quiero eso para mi hijo, él estudiará y será un profesional”.

Así fue como no pude ir a “Radio La Pascua” a una presentación que había tramitado el maestro Baltodano, para luego ir a la emisora de El Sombrero, donde también había programas de música en vivo.

Es poco lo que puedo decir al respecto por el amor y el respeto a mi madre. Tal vez, la joven e impetuosa enfermera tenía sus razones, el tiempo se encargó de aquello. Vale la sentencia: “Los tiempos de Dios son perfectos”.

El entusiasmo por el canto sigue con el crecimiento del niño que, progresivamente, va alcanzando la adolescencia.

Algunos ya conocidos por la etapa de la escuela. Pero, resaltan los nombres que la memoria con vida, tales como: el profesor Lermith Hernández, quien venía de San Juan de los Morros a impartir clases de Inglés, lamentablemente fallecido en la tragedia del Puente La Llovizna en el estado Bolívar (1964); el profesor Félix Fariñas, con la matemática; Jesús Hernández, conocido en el ambiente estudiantil como “flechita” por la forma de esquematizar la clase para llevar el conocimiento de la Geografía y la Historia a sus alumnos. Volvemos a encontrarnos con la maestra Luisa Margot de Panzarelli, ahora con el rol de profesora de Castellano; Alfredo Cáceres, impartía las manualidades. Otros... Todos bajo la conducción de Cesar Díaz Ledezma (maestro Díaz), el Director del Liceo, quien además impartía clases de Geografía.

El uniforme de los alumnos de entonces era un pantalón azul, con camisa blanca, manga corta; mientras que las hembras vestían una falda-jumper blanca con camisa roja. No había exigencias de modelos o colores de zapatos, ni de otros atuendos, como insignias, morrales, etc. Así como en la primaria. Siempre fue una gran alegría la compra de los útiles para iniciar el año escolar, sólo que en esta oportunidad no había bulto ni la caja de colores; sólo los cinco cuadernos, un lápiz y si acaso un sacapuntas.

Evolución del niño, paso a la pubertad

Atrás quedó la escuela primaria. Los tiempos de monaguillo, la jugadera de metras, papagayos, garrufio y la mamadera de dedo, fueron pasando a un segundo plano. Ya no doblaba el pabellón de mi oreja izquierda para meterla en el oído. Comienza la etapa del liceo, con los mismos amigos de la "Narciso López Camacho", que fuimos asignados en aquella sección "A"; otros que salieron de la recién inaugurada “Félix Antonio Saá", ubicada en la planada del barrio San Pablo; y otros tantos del colegio de las monjas, ubicado a una cuadra de la plaza Bolívar, frente a la Bodega de José Espinoza. Todos fuimos a encontrarnos en el glorioso e inolvidable "Víctor Manuel Ovalles", desde su fundación, en la esquina de la plaza Bolívar; donde después, por mucho tiempo funcionó el billar de Rodríguez, también dueño (alquilado) del teatro Ribas.

Iniciar los estudios de secundaria fue una seguidilla de cambios, no solamente fisiológicos sino también de conductas y emociones, que marcaron los tiempos por venir.

La transición del sistema de gobierno autoritario a una Junta de gobierno cívico-militar, pero de corte democrático, abrió paso a la creación de esta nueva casa de estudios, donde comenzó otra etapa del corto tiempo que me quedaba por vivir en mi pueblo natal.

La emoción fue invadiendo la mente de aquel niño que asomaba a las puertas de la pubertad; bastaba que sonara el timbre de la segunda hora de clases de la mañana para salir a la plaza Bolívar a compartir la nueva experiencia con los amigos del salón y otros párvulos, conversando de las nuevas asignaturas, como el Inglés, Educación Artística, Manualidades, Educación Física, entre otras; también referíamos la presencia de los profesores.

Pintar tumbas y cruces en el cementerio con un potecito de zapolin plateado, un cuarto de pintura blanca, una brocha y un pincel, que compraba en la tienda de Carlos Casado, ya no eran instrumentos que seguiría viendo por aquello de la “pena”; así como recoger estiércol (cagajón de burro) y venderlo a Doña Luca, a Doña Ysabel, y otras casas de familia. Ya no habrá más ventas de la lotería de animalitos, promovida por la iglesia, en la calles del pueblo; ayudar al primo Tomás a vender periódicos; etc.

¡No! Eso quedó atrás.

El ego, la autoestima y las ansias de protagonismo juvenil fueron copando la escena del nuevo liceísta. Ahora es el uniforme del Víctor Manuel Ovalles; la ropa ajustada con pantalones bota ancha, camisa manga larga por dentro, zapatos pulidos..., y mucho Brillcream para levantar el copete de la negra y lacia melena de aquel impetuoso y arrogante joven..., pero a su vez, ingenuo; marcaba la nueva personalidad.

La permanencia en el liceo y las constantes visitas al estadio se convirtieron en los puntos de encuentro para socializar con quienes practicaban deporte en la población, preferiblemente el Béisbol, y de vez en cuando el Fútbol o el Voleibol. Surgen otras amistades fuera del grupo del barrio y del liceo; la práctica del Fútbol me conectó con Simón “Plaki”, Héctor “Hilo", Paulino Cabeza; quienes, a mi juicio, si hubiesen recibido orientación o entrenamiento especializado, tal vez, hubiesen logrado la cima.

Transcurre la nueva experiencia, y sobre la marcha aparecen otras. Visitar la Biblioteca para consultar tareas, ir al estadio para hacer Educación Física y conformar grupos voluntarios de tertulias por las noches en la plaza Bolívar para tocar temas de la cotidianidad escolar; y encuentros con nuevas amigas y amigos, fueron ampliando el radio de acción del joven que se gestaba desde el humilde hogar, donde precisamente la educación, la orientación y la formación académica no eran su fuerte.

En cada una de estas disciplinas pude apreciar las habilidades y destrezas de quienes, de una u otra forma, se convirtieron en los ídolos de la mayoría de los adolescentes contemporáneos de la época.

Lorenzo Guzmán, Miguel Martínez, Miky Requena, Leobaldo, Teodoro y Quipin Herrera, Juan Jacobo y Antonio Jiménez, Chicho Anzoátegui, Pascual Garófalo, Baltazar Brito, Fabián Rengifo, Roberto Boll (Bobby); entre otros, fueron y siguen siendo referencia del deporte en Tucupido para la juventud que se fraguaba en las canchas de tierra para el Voleibol y los "peladeros de chivo" para el Béisbol y el Fútbol. No sabíamos de otro deporte, salvo la natación que practicábamos en las lagunas y represas del pueblo. El atletismo se fue convirtiendo en un deporte natural con las largas caminatas que acostumbrábamos para llegar a estos sitios, donde también hacíamos otras travesuras, propias de la edad de los muchachos de la provincia. Por ejemplo, las frecuentes visitas a la laguna de Rivero, a la represa vieja y la nueva, la tapita del 19, Macairita, Juan Sabroso, el río Tamanaco, etc. Eran, además de la recreación, nuestras piscinas naturales.

De las canchas de Voleibol, sólo recuerdo dos o tres que se improvisaban en una planada, pintada con un perolito de cal, y se sostenía la malla con dos viguetas de grueso guatacaro. Una estaba en el grupo Escolar “Narciso López Camacho”, donde acudía mucha gente, además del estudiantado; otra era la de San Pablo, una planada donde también se instalaba la carpa del circo cuando llegaba al pueblo. Por cierto, si en algo levanta la estima de los pobladores de hoy, el famoso circo "Rassore" estuvo en Tucupido cuando estaba en su esplendor del espectáculo.

En este terreno se construyó la escuela “Félix Antonio Saá”. Otra de las canchas de Voleibol improvisada por los organizadores de este deporte fue detrás del leftfield del estadio “Los gavilanes”, casi en la entrada para La Travesía, ruta natural de nuestras andanzas donde se encontraban los deliciosos pero espinosos guamachos y las exquisitas cerezas de monte. Justo al lado de frondosos guatacaros que ocultaban el sol de la tarde. En esa cancha vi jugar a la maestra Onofre Martí, a las hermanas Teresa y Aurora Jiménez, a Nora Campos, Lola Leal, Dorys Pérez; y otras tantas que el agotado cerebro no logra conectar. De esto hace mucho tiempo, quizás fue una de las últimas celebraciones de la Semana de la Patria; cuando agonizaba la dictadura de Pérez Jiménez.

Del béisbol no puedo referir más que el estadio del pueblo: "Los gavilanes” que más tarde se convertiría en lo que es hoy el estadio Ramón Díaz Sánchez, para entonces sin cerca, sin gradas, sin dogout, sin basketop y sin ningún otro servicio que no fueran los gruesos tubos de acueductos, colocados para delimitar la raya de tercera y de primera base, como protección para los fanáticos. Hasta finales de los 60's que comenzamos a luchar por la cerca perimetral, los dogouts, y sus primeras gradas, detrás de la tercera base. La única cerca conocida de entonces era la del righfield que lindaba con el patio de la señora Matilde D'angelo de Garófalo, donde caían las pelotas imposibles de recuperar, después del homerun que siempre conectaban Jesús Díaz, Basilio y Jóvito Díaz, Robinson González; entre otros, verdaderas “Glorias del Béisbol” en Tucupido.

Vale resaltar que, luego del cine, los toros coleados y la retreta en la plaza Bolívar, los jueves y los domingos, estos escenarios deportivos eran la distracción natural del pueblo. No se pagaba entradas, no había otra exigencia que no fuera el entusiasmo y la sana diversión. También sirvieron estos espacios deportivos como punto de encuentro para el amor. Muchas parejas, que luego hicieron familia, se formaron desde la asistencia a un juego de pelota o fútbol. Hay casos conocidos.

Este ambiente envolvió el entusiasmo de Fatonio. Descubrir la sensación de dejarse ver en la actividad deportiva, pasear la plaza Bolívar en compañía de amigas y amigos, al compás de la entusiasta y pegajosa música de la banda Municipal; ir al cine los domingos en la mañana de vermout y repetir la entrada en la función nocturna, fueron aflojando los ánimos para dedicarse a estudiar en forma, en aquel primer año de la secundaria, como sí lo hicieron muchos, que sí lograron avanzar. La respuesta no se hizo esperar. Repetir el 1er año. La debacle.

De  esta experiencia quedó el aprendizaje de preparar los brebajes que recetaba “El pelón Soto” a sus clientes; además del complicado botellón de encurtido picante que salía todas las semanas para envasar  en  las  botellas  de  aguardiente, previamente esterilizadas con agua y el calor del sol, para colocarlas a la venta en el negocio de Napoleón Inojosoa. Nunca lo probé, pero se vendía, porque todas las semanas se hacía el surtido en los anaqueles del supermercado de Napoleón.

Debo reconocer, al mismo tiempo agradecer que, si bien es cierto no aprendí el oficio de farmaceuta, Soto no escatimó esfuerzos para enseñarme valores y exhortar mis ánimos para seguir los estudios.

AI llegar el mes de Julio, eran predecibles las notas que aparecerían en las carteleras del liceo. Cinco o siete asignaturas aplazadas, pero No hubo tal repetición ese año. El pleito y la situación económica en el hogar, aunado al desánimo por los estudios, influyen para poner a la familia a pensar en el trabajo productivo para el joven que había salido mal en los estudios.

Muchacho de mandado en la tienda del árabe Omar Alamadín, ubicada en la calle Ricaurte, frente a los depósitos de Efraín Sánchez; poco después convertidos en la casa de Copei, fue el destino de aquel jovencito que creyó se la estaba comiendo con sus andanzas de “pavito fiestero”. El trabajo lo compartía con Mario Rengifo (Marito), otro joven que no le dio mucho a los estudios, pero recuerdo era un As con la bicicleta, llegando a ganar competencias improvisadas en tiempos de Fiestas Patronales. Supe con el tiempo que su familia se mudó a El Sombrero. En este trabajo no duré ni dos meses porque se requería caletear cocinas, colchones, camas, muebles, lavadoras, etc. Trabajo duro, para aquel jovencito inflítico, de contextura débil, como más tarde lo calificaría la Libreta Militar; la cual gestionó mi madrina Aura Casado, siendo Secretaria de la Prefectura.

Luego, ayudante en la farmacia con el siempre recordado Rafael Vicente Soto, ubicada al frente de la Biblioteca, diagonal con la escuela de Artes y Oficios; fue el trabajo que consiguió Blanca, “para que el joven no se descarriara y aprendiera un oficio digno, por si no quería seguir estudiando”.

Era una cantaleta diaria, durante la faena de limpiar las vidrieras y organizar las medicinas:

“Un hombre sin estudios es un ser incompleto”.

Me repetía aquel gordito de pequeña estatura, con tono gracioso; mientras se mecía en el chinchorro, y yo limpiaba los envases de las medicinas y las vidrieras del mostrador. Por supuesto, mi ignorancia impedía saber a qué se refería el pelón Soto.

Lo que es imposible olvidar de Soto es cuando me tocaba abrir las puertas de la farmacia y tener que verlo arropado, dando vueltas en el chinchorro que colgaba en el corredor trasero de la casa, con vetustas paredes de bahareque, techo de tejas y piso de ladrillos; a eso de las 7 de la mañana cuando me exigía llegara temprano.

“Fantoño (nunca llegó a decir Fatonio), vaya a buscar las arepas que ya vienen mis sobrinos, “Motilón” y Fernandito, con el suero, vamos a comer temprano, para que limpie temprano”.

No menos de catorce arepas, preparadas por Doña Ana Lucinda de Rodríguez, desaparecían en un dos por tres de la cesta que traía a diario para el desayuno. En la mesa devoraba las arepas con una mezcla de suero y el encurtido picante que él mismo preparaba; para luego hacer burla de chanza, acusándome de comelón.

¡Carajo! No te pago por ayudarme en el trabajo, pero, cómo comes carajito. Decía a diario.

Las conversaciones con Rafael Vicente en la farmacia, cuando no había clientes, cosa frecuente, las valoré con un alto contenido de orientación y motivación, parecía un padre hablándole al hijo para que se encaminara por el camino del bien. Toda una encíclica para tratar de seguir adelante. Así fue.

En una de esas tardes de agosto, en las frecuentes tertulias en frente de mi casa; unos sentados en las silletas de cuero, y otros en los brocales de la acera, donde solíamos reunirnos toda la familia y algunos allegados del sector; mi abuela Estefanía, a quien Zully y yo le decíamos “papa”, le dijo al grupo que estaba a su alrededor “Ya hablé con Maestro Díaz, en septiembre comienzan las clases y te vamos a inscribir en el liceo, allá en Rivero, para que sigas estudiando, no creas que te vas a quedar de vago por ahí”.

Decía la matrona con voz de mando, sin dejar de masticar su tabaco, al mismo tiempo que me señalaba insistente con su grueso dedo índice. Aquello fue una sentencia. Se activó en mi yo interior el suiche que mezcla los miedos con la alegría; el mandato lo recibía de quien gobernaba la casa, delante de personas a quien respeté y respeto mucho, como mi tía Anita, mi Madrina Aura Casado, Doña María Luisa de Arruebarrena, el primo Raúl, Ana Correa y algunos amigos del barrio.

Fue así como el 16 de Septiembre, un día después de mi cumpleaños, reinicié mis clases de secundaria en los nuevos salones del “Víctor Manuel Ovalles” cerca del cerro de la Cruz de Mayo, en Rivero. Repetía 1er año.

Aquel año, lejos de ser fácil en los estudios por haber sido repitiente, fue duro. Todavía quedaba mucho resabio al estudio y las actividades de entretenimiento aún resaltaban en el espíritu desganado para asumir responsabilidades, sin embargo, a duras penas el segundo año de bachillerato fue alcanzado, con algunas asignaturas pendientes por reparar.

El periodo de reparación sirvió para darle paso a la madurez. Hacer el ridículo o ser objeto de burla por los amigos y amiguitas del curso anterior que ya estaban en tercero, no iba con la apariencia de aquel joven bien plantado, agraciado por la naturaleza (según mi madre), polifacético (sin saber qué era eso), deportista, fiestero, bailarín y cantante. Había que echarle'...

Fue cuando, con una voluntad enorme, una sillita expandible de lona y los útiles escolares, tomé la plaza Bolívar como centro de estudios; siguiendo el ejemplo de otros estudiantes de la época que hacían lo propio, en serio; instalados en los amplios pasillos de la plaza, debajo de las frondosas matas de mamón. Eso sí, luego de las 8 de la noche cuando ya la primera función del cine había comenzado; aprovechando que los asiduos visitantes del recinto patrio habían culminado su tertulia y se retiraban a sus casas.

Estudiar y contemplar la plaza Bolívar de mi pueblo, con detenimiento, son dos placeres que fueron quedándose en el hábito del joven que empezaba a jugárselas todas para seguir adelante. Por una parte, la comprensión del contenido académico había esperado el tiempo exacto de aquel cerebro que recién se adaptaba a los cambios emocionales. Todo se veía más fácil de comprender, entender y captar. Y por la otra, aquel ambiente ecológico que brindaba la plaza de entonces con sus bellas jardineras, los mamones floreados o cargados, listos para darnos su delicioso fruto y así entretenernos en la lectura, o mientras practicábamos las matemáticas. Para entonces las funciones del cine América y el Teatro Ribas rodaban la mitad de la película; y las parejitas de la plaza abandonaban el lugar. Quedaba el silencio; apenas dos o tres grupos de coterráneos pasados de edad hacían grupos en los mismos bancos de siempre, con la tertulia de siempre.

El escenario era de estudiantes. Regados por todos lados con la mirada muda del busto de El Libertador, ubicado en lo alto del pedestal, con el frente hacia la iglesia católica, a su espalda la iglesia evangélica, y de ambos costados de la plaza, la Prefectura del Distrito Ribas y la Logia masónica. Era como obligatoria la concentración, la meditación y la apertura al entendimiento. Había que estudiar para reparar las asignaturas quedadas.

Así fue, bien valió la pena “sacrificar" el mes de agosto y parte de septiembre de aquel año para ir al grado inmediato superior; que también tuvo sus tropiezos, pero fueron superados.

El inicio del tercer año fue de cambios. Los directivos del liceo aprobaron cambiar el uniforme. Ya no se usará la camisa blanca, manga corta; ahora es color kaki, manga larga; dejando el pantalón kaki también. No había exigencia de calzado especial, hasta en alpargatas podíamos asistir; y así lo hicimos muchos, obligados por la situación económica. Las alumnas preservaron el bello y emblemático uniforme blanco y rojo.

La sede del Liceo Víctor Manuel Ovalles, tenía una sola planta, construida en forma de L, con salones y laboratorios ad hoc para la actividad académica, tenía gran espacio de terreno en la parte trasera con una cancha simple, sólo para el Voleibol y algo de Gimnasia empírica, quedaba retirada de la estructura principal. La entrada del liceo estaba adornada con pequeños árboles y arbustos que más tarde crecería dándole la imagen de una edificación moderna y adaptada al progreso que pregonaba el nuevo gobierno nacional.

La organización del plantel de entonces, si bien es cierto, no cubría los servicios socio-educativos para el proceso enseñanza aprendizaje, carecía de biblioteca, comedor, transporte, servicio de asistencia médica y orientación; contaba con una plantilla de docentes y personal directivo con enorme voluntad para llevar adelante el cometido propuesto por las autoridades de entonces: darle progreso al pueblo a través de la educación, estimular a la población escolar para seguir estudios superiores, evitar el desvío emocional de la población juvenil; y encaminarla por la senda del bien en el futuro.

Lamentablemente esta estructura comenzó a ceder. Los mismos alumnos comenzamos a observar cómo las paredes se resquebrajaban, los vidrios de las ventanas de macuto se rompían con la presión de los techos, las baldosas en los baños comenzaban a caerse solas. Todo esto ocasionó que alguien tomó cartas en el asunto y fue necesario mudar el liceo Víctor Manuel Ovalles a la escuela Félix Antonio Saá, en pleno año escolar; estábamos cursando el tercer año. Último de mi vida estudiantil en el pueblo que me vio nacer.

No obstante, ese año 1966, fue espectacular para la generación de alumnos dedicados al deporte, especialmente al Béisbol, Voleibol, Basquetbol y Atletismo. Había llegado a Tucupido una delegación del otrora Cuerpo de Paz, organismo creado por la Unesco para llevar “paz y progreso" a los pueblos de Venezuela y de América latina, bajo un programa creado en el gobierno de Rómulo Betancourt llamado “Alianza para el progreso”.

Este programa trajo al Distrito Ribas a los norteamericanos Charles Mikel Johnson y Robert Coleman, quienes se dedicaron a prestar sus servicios como entrenadores deportivos en la población. El radio de acción de ellos era la población escolar del liceo, inmediatamente se creó una empatía entre los jóvenes deportistas de la época y los gringos terminaron siendo buenos

Surge la fiebre del Básquet BaII y del Atletismo en Tucupido; lo cual obliga a pensar en la necesidad de una cancha y una pista para su práctica.

Sería mezquino no mencionar en estas líneas al Dr. Antonio Medina Carreño, quien además de médico Pediatra, se preocupó y se ocupó bastante por promover el deporte organizado en la población. Quienes vivimos la experiencia deportiva de la época no escatimamos en reconocer su labor. Medina estuvo muy ligado a las Federaciones y Asociaciones deportivas del estado Guárico, se dedicó a orientar a los estudiantes deportistas sobre el conocimiento de los reglamentos en cada una de las disciplinas. Frecuentemente deteníamos el entrenamiento o la práctica para sentarnos a escucharlo leer estos contenidos, analizarlos y discutirlos. Fue un complemento de la formación deportiva que obtuvimos. Esto se agradece.

Pero también Medina se ocupó por la infraestructura  deportiva del pueblo: el estadio y la cancha Neverí son producto de esa gestión. Nosotros ayudamos realizando rifas, dupletas de caballo y colectas.

Por ejemplo, las primeras gradas del estadio “Los gavilanes” detrás de la tercera base, se construyeron a fuerza de esas actividades; y los trabajos iniciales de la cancha Neverí, como la limpieza y nivelación del terreno, la loza de la cancha, etc., dieron pie para que las autoridades comenzaran a pensar en un presupuesto para mejorar el estadio.

Esta cancha se construyó en un terreno  donde funcionaba  la vieja planta de electricidad que le daba iluminación al pueblo; una luz amarillenta, débil.

Por muchos años el terreno quedó baldío, las plantas sufrieron el efecto de la corrosión para convertirse en chatarra inútil.

El primer trabajo fue sacar estos pesados hierros para limpiar el terreno, luego la nivelación y la colocación del piso..., después vino lo demás; hasta convertirse en la cancha que inauguramos con un encuentro entre la selección de Básquet de Valle de la Pascua y los novatos basquetbolistas de Tucupido. Una paliza nos dieron los experimentados y bien entrenados vallepascuenses, quienes estaban bajo la tutela del gringo Coleman.

Aquella cancha también sirvió para descubrir las cualidades de muchos jóvenes en el entrenamiento deportivo y dominio de grupos, entre ellos: Fatonio, quien llegó a darle las primeras clases de entrenamiento de Básquet ball a un equipo femenino que conformó el Dr. Medina con las muchachas del liceo, entre ellas Yudith Ruiz, Minerva y Aglae Panzarelli, Maruja Arruebarrena, Lourdes García, Marlene Moreno, Migdalia Contreras, entre otras. Mismas jugadoras que conformarían el equipo de Atletismo del liceo.

Progresivamente se fue formando lo que más adelante sería la selección deportiva más renombrada en la historia del liceo Víctor Manuel Ovalles, destacando en Béisbol, Voleibol, Básquet BaII y Atletismo. Con estos equipos participamos en los Juegos Interliceistas realizados en el año 1966, en la población de Anaco, estado Anzoátegui.

Valle de la Pascua, Zaraza, San Juan de los Morros, Altagracia de Orituco, fueron los escenarios previos para ir a estas competencias. Fue donde el joven Fatonio comenzó a descubrir el potencial deportivo que llevaba por dentro. Pelotero, basquetbolista, corredor de velocidad, y destacado en el salto alto y salto largo; fueron las cualidades que más adelante lo ubicarían en las puertas del Instituto Pedagógico de Caracas para estudiar Educación Física, donde obtuvo el título de profesor de esta especialidad, el año 1976.

Homenaje a Chito Hernández

Llamar amigo, hermano, compinche de andanzas, y otras expresiones ligadas al cariño, a la persona con quien compartí los mejores tiempos de aquella ingenua infancia y parte de la libertina pubertad en los efímeros caminos de nuestro adorado, y también añorado pueblo; son expresiones que tuvieron cabida inmediata en mi compungido pecho al ver la noticia que me envió “Arturito CANTV” sobre la repentina muerte de Luis Alberto “Chito” Hernández, en Tucupido.

Con seguridad muchos tucupidenses, con el amargo sabor espiritual de la pérdida de un amigo, no ahorrarán palabras de elogios, reconocimientos y comentarios sobre la vida de “Chito” en el desempeño de sus actividades como adulto, en las que sobresalen “el padre de familia, trabajador honesto, político, servidor público, místico serenatero, dicharachero y dueño de la pícara y contagiosa sonrisa que heredó del “Chingo” Molfese, su padre. Pero, la motivación verdadera de hacer estas líneas brota del fugaz recuerdo que quedó de nuestros frecuentes encuentros, recorriendo los caminos andariegos de nuestro pueblo natal; desde la calle Salóm hasta la laguna de Rívero, las represas (la vieja y la nueva), Tamanaco, CaujuaraÍ, donde estaba parte de su familia; laguna de Macairita, la tapita de Baltazar Camero, detrás del estadio; el bajo de La Nueva, y otros sectores que fueron escenario de aquella marcada amistad entre un grupo de párvulos zagaletones que sólo buscaban la distracción natural que nos ofrecía la época. Para luego culminar con improvisadas reuniones en el poste de la esquina de la calle Gabante, cruce con Salóm para oírlo tocar el cuatro y cantar temas, que aún revolotean en mi mente, llamando la atención de las muchachas de la zona. Cómo olvidar las vivencias históricas de las serenatas por las calles del pueblo, en tardes horas de la noche; en compañía de otros amigos y hermanos, como Daniel Pérez, el negro Mabeta, Rafaílito Leal; Edgardo, Rafailito Palma, Orlando, Chelín, Antonio Rengifo (Verija), Antonio José Arveláiz, Pinico, Antonio Jiménez, y otros tantos, a quienes esta menguada memoria les quedará debiendo su mención.

“Chito” hijo del chingo Molfese con Marcelina Hernández, hermano de Nelson, José, Norys, Miguel, Fanny y Gustavo; pudiera decir con poco margen de error que, de estas andanzas nutrió sus experiencias de vida que más tarde le servirían para conquistar espacios en la sociedad tucupidense, logrando ocupar posiciones prominentes, de dignos elogios; no sin antes mencionar su matrimonio y la procreación de su familia.

Anécdotas huelgan en la grata compañía de Chito; no recuerdo que alguien lo llamara por su nombre, mientras crecíamos con el tiempo. Generalmente y de forma improvisada conformábamos grupos para encontrarnos en la esquina del tamarindo, casi todos los días, al salir de la escuela, o cuando, coincidíamos quienes no asistíamos a la ‘*Narciso López Camacho", donde cursábamos estudios primarios. La ruta era definida entre todos, dependiendo de lo que queríamos hacer, ¡Oh, la libertad. . ., sin riesgos! Propio de la edad de la época.

En una de tantas salidas, a medio camino detuvimos el paso para hacer una de los infantes aventureros: Frente a un arbusto, ya crecido, hicimos una especie de rito conquistador y descubridor, emulando sin conocimiento de causa a Humboldt, bautizamos el arbusto con el nombre de “Yaguaraparo”. Así quedó, no porque conocíamos su verdadero nombre botánico, fue sólo una ocurrencia. Lo cierto es que el arbusto que anunciaba el cambio de cruce de la travesía para entrar a la represa vieja quedó como referencia para esperar a los resabiados del grupo; entre ellos Miguel “Borrachito” Hernández, Jesús y Héctor Rengifo, Nino Tinedo, el negro e' Carmen, entre otros. Pasa el tiempo. . ., en una de mis improvisadas visitas a1 pueblo y por ende el encuentro con el amigo y hermano, ambos adultos, discutimos el tema de aquel arbusto bautizado, con el asombro de que en realidad ese era su nombre en la botánica venezolana.

También nos ocurrió con uno de los rabos de la represa, donde lamentablemente murió ahogado, el también amigo de infancia, Álvaro Pedrique Arveláiz, quien periódicamente nos acompañaba en las ‘Travesías de la vagancia”. En su honor colocamos su nombre al lugar. Recuerdo entre todos dijimos: “A partir de ahora, por siempre este rabo (saliente de la represa) se llamará Álvaro"; siendo Chito el mentor. No sé si todavía existe el rabo.

Sin ánimo de golpear su memoria, ni la de su familia, que fue como la mía; divertido es mencionar, con cariño, la vez en que Chito dejó de tocar el cuatro para seguir la serenata porque sintió hambre, era tarde en la noche, tuvo que salir Edgardo Leal a comprar, previa recolecta, dos laticas de sardinas para satisfacer aquella frecuente necesidad en el único cuatrista que nos acompañaba, la música siguió toda la noche hasta la madrugada. Así fue.

Oye Chito, José y Miguel, se borrarían las marcas de las teclas, entumecerían mis dedos por seguir narrando parajes al lado de ustedes, sin ahorrar en sentimientos encontrados por la pena que me aflige; pero hago el esfuerzo por seguir hasta que me alcance el valor de ofrecer mil disculpas por no estar en cada uno de sus sepelios.

Llegue hasta la profesora Nory, a Nelson, a Fanny, a Gustavo, y demás familiares, mis palabras de afecto y de dolor; con las condolencias por tan irreparable pérdida. Chito en el cielo también tocará y cantará, Dios se apiada de su alma.