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Ángel Sarmiento - Degnis Romero

Profesor Ángel Agustín Sarmiento Bueno


Un profesor valle-arraigado

Ángel Sarmiento

Degnis Romero

Escuchar los cuentos del profe Sarmiento, acerca de su periplo pascuense, es como oír esas ‘memorias del desolvido’ que acrecientan la nostalgia llanera. Algo así como escuchar la canción “Atardecer de Almas”, en voz de Néstor Zavarce.

Es oriundo de El Tocuyo de la Costa, Estado Falcón, pero se metió en el corazón de los vallepascuenses por su arraigo a esa “tierra de palma y sol” que engalana las pampas llaneras con sus estampas, su ambiente y su gente.

Es egresado del Instituto Pedagógico de Caracas, donde tuvo como compañero al profesor Ismael Valera (Pitiminí), quien le recomendó colocar la opción ‘Valle de la Pascua’, en la planilla de solicitud de asignación para trabajar.

Dice: Llegué a Valle de la Pascua, un 15 de Septiembre del año 1966, sin conocer nada del llano. El Sr. Sotillo (Chofer de Línea La Pascua) me divirtió en todo el trayecto ya que a cada rato le preguntaba: ¿Cuándo llegamos? Recuerdo que fuimos a llevar un pasajero al Banco Obrero. Bueno, le dije que me llevara a un hotel no tan caro y me condujo hasta la Pensión de Corita y ésta lo primero que me preguntó era que si había aprendido a hablar español; me confundió con Coleman Felser, del Cuerpo de Paz. No me gustó ese hotel y el Sr. Sotillo me llevó al Hotel Venezuela. Cuando el encargado preguntó: ¿quiere la habitación con A/A o ventilador? el Sr Sotillo le dijo: ¡Si quiere le quita el ventilador para que pague menos! Esa misma noche me presentaron al Dr. Melo, estuve en un ensayo del Quinteto Magistral y nos fuimos de farra.

Esa fue su primera parranda en La Pascua, y así siguió ‘por un tendío’ hasta que dejó el pueblo en 1994.

Aclara que había conocido a Salvador González, en la Escuela Normal “Miguel Antonio Caro”, en Caracas, donde ya mostraba sus dotes en canto, declamación y contrapunteo.

 Al día siguiente fui al Liceo a presentar mis credenciales y Jango, el portero, no me dejó entrar porque le parecía muy muchacho y me mandó a poner el uniforme. Hube de llamar al Prof. J. G. González (Subdirector) y le dijo a Jango que me tuviera como Profesor. Sustituía a Rafael Olivo (Olivito).

Al principio no me adaptaba, pero luego hice amistades. La Sra. del Prof. Narciso Valderrama (Física) me dijo al ser presentados ¡Mire mijo, Ud. no se va de aquí sin que lo casen!, y así fue. Comíamos en el Hotel Firenze y donde Don Pedro José Herrera “El Rey del Colesterol”.

Del hotel pasó a una casa de los Álvarez, en la calle Retumbo, frente a los Morante. Le decían “La Rodriguera”, porque también estaban los profesores Ramón Rodríguez y Jesús Rodríguez Blanco, además de Juan Urquía y Coleman Felser. El profesor Romero, con su excelente receptividad, me llevó a donde un árabe. Ahí compré mi primera cama, ¡fiá!

Simoza había vivido en esa casa, pero se casó ese año y emigró frente a las Barrade, que hacían muchas fiestas y nos invitaban, pero él no salía nunca. Claro, era muy ‘zanahoria’.

Para estar más cerca de la ‘pomada’, cuenta: Luisa, la hermana del profesor Salazar, alquiló una casa al lado de las Barrade y nos cedió una habitación a Urquía y a mí. Bueno, ahí estuve un poco de tiempo hasta que me casé.

Eso fue después de mucho ‘rodaje’, del Volkswagen del profe Olivieri y del Jeep Willys del Padre Chacín: Olivieri me enseñó a manejar en su VW, y hasta me llevó al examen para sacar la licencia. El fiscal estaba ‘medio prendío’ y se montó de copiloto, yo me monté atrás y Olivieri arrancó el carro. Al ratico el tipo dijo: No chico, pero tú manejas bien. ¡Párate ahí pa’tomános unas cervezas! Después de eso firmó el permiso.

En otro VW, el del compañero Pedro Vicente Santos, se fueron a jugar gallos a un caserío en la carretera a Tucupido: Cuando estaba peleando nuestro gallo, uno de los que andaba con nosotros se tropezó con un palo que sostenía el techo de la gallera y éste se vino abajo. Tuvimos que darnos a la fuga, perseguidos por los lugareños, dejando el gallo y la apuesta.

        Con Olivieri solían pasar los carnavales en Santa María de Ipire, en la casa de Luís Guzmán (Tracalero), cuyo padre era Jefe Civil. Cuenta que los trataban muy bien y que les daban unas totumas que les cabían dos cervezas, pero, dice: Un lunes de carnaval, como a las tres de la mañana, escuché al dueño de casa decirle a la esposa: ¡Voy a matar a Esteban Freites! Asustado, desperté a Olivieri y a Melo, y les dije: ¡Vámonos, porque aquí van a matar a alguien esta noche! Al final, el señor aclaró que así le decían al pato con que iban a hacer el sancocho del día siguiente.

Luego echa el cuento del Jeep del Padre: Conseguíamos quien se lo pidiera prestado y nos íbamos de farra. La gente que veía el carro ‘mal estacionado’ le contaba al Padre y éste les explicaba: ¡Ese no era yo! ¡Esos eran esos bandidos!

De los Profesores influyeron mucho en mí: Mercedes Elena Rengifo, Luís Fernando Melo, Rodolfo Romero, Arnaldo Olivieri, Juan Luís Simoza, Clemencio Rodríguez, Gutiérrez, J. M. Ruiz, Domingo Rojas Anato, Rodríguez Blanco, la Profesora Esther de Cobeña, América, etc. De las secretarias recuerdo a: Blanca Barrades, Eneida Rodríguez, Liduvina, Omaira y su hermana, Elvira, Isabel de Bolívar, Mercedes Rojas, etc. Total que pensaba durar un año en La Pascua y después no me quería ir, gracias al Don de Gente de sus habitantes.

Son muchas las vivencias y anécdotas. Quiero mucho a ese Pueblo y me entristece cuando oigo cosas negativas.

No olvido el Impala de Fermín ni los viajes, ida y vuelta, a comer arepas en El Tigre; ni las serenatas con los colegas o con mi compadre Héctor Ortega, quien en las partidas de bolas estrujaba ají chirel en el pico de la cerveza de los contrarios; ni las rumbas donde Mauro Rojas, en casa de Héctor o en la mía; ni a Simón Romero: me le pegaba atrás del camión tocándole corneta y él se bajaba con un machete en la mano, para sorpresa de todos. Después nos dábamos un abrazo y la gente se reía; ni a tu hermano Argenis: Cuando le servían sopa le agregaba Pepsi Cola, cambur, etc., para que rindiera; ni el cuento de un baile, donde una dama le dice a alguien: Pero chico, ¿cómo te voy a aceptar si eres un hombre casado?, a lo que el tipo responde: ¡Y lo malo es que a la mujé mía no le da ni dolor de cabeza!; ni a Miriam Graterol, quien me escribió (aludiendo la foto donde salgo con un trago en la mano): ¿Y ese vaso no se acaba nunca?; ni que fui yo quien le habló a Simoza del escrito “La Pascua 67”; ni la cuenta bancaria que nunca cerré para verme obligado a regresar a La Pascua.

Por eso y por muchas cosas más me la paso pegao de la computadora leyendo los correos de amigos vallepascuenses y revisando el Facebook: ¿Eres vallepascuense nato? Mi esposa me dice: ¡Estás como los muchachos!

Estamos convencidos de que así se sigue sintiendo, tal  como aquel día de 1966 cuando pisó tierra llanera, producto del renovado y permanente contacto virtual con su gente.

Al cierre de los cuentos, ajustados a la debida censura, dice: Un gran abrazo y me complace mucho la labor que haces para que no se pierda esa pequeña historia de los pueblos.

 

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