UN
MUCHACHO DE PUEBLO (1)
Manuel
Soto Arbeláez
Para
una persona nacida en un pequeño pueblo de los llanos, en pleno desarrollo de
la II Guerra Mundial, el tiempo evolucionaba lentamente en el ámbito de su
minúsculo mundo donde “toda incomodidad tenía su asiento”, según la conocida
frase de Miguel de Cervantes. Como la monotonía y la molicie eran la regla,
cualquier evento que se saliera de la costumbre inveterada de la repetición
diaria de las cosas era, por comparación de lo contrario, objeto de fijación en
el subconsciente. El hecho mentalmente inducido, necesariamente revivirá muchos
años después como una buena fotografía en blanco y negro fijada sobre papel
granular. El niño de ese entonces no estaba, como el de ahora, sometido o
bombardeado por la información cibernética novedosa, cambiante y llena de
conceptos complejos que presuntamente se presentan resumidos para su mejor
comprensión; pero no es fácil poder fijar, como conocimiento utilitario,
términos como Láser, Atómico, Detonante, Cohete, Astronauta, Ingravidez,
Automatización, Robotización, Nintendo, Hardware, Software, etc., etc. En una
hora de televisión el niño “moderno” recibe muchísima más información que la
recibida por su contraparte en las décadas de los 40s y 50s, del siglo XX,
ubicado en el medio rural o semirural donde se desarrollaba su infancia.
Los
nuevos conceptos con que se bombardea hoy al joven televidente, en su mayoría
no le sirven para su diario desenvolvimiento; por lo tanto, a pesar que le sean
repetidos varias veces, no logrará retenerlos. Además, cada día se agregan más vocablos
que, iterativamente, se van acumulando en el gran número de cosas escuchadas,
pero no almacenadas en el cerebro del niño para su uso posterior. Lo mismo
sucede con algunos conceptos sobre hechos naturales que no están directamente
ante su vista, pero que se le enseña en la escuela y por la televisión, como es
el caso de la educación sexual.
La
propaganda que se ve está hecha para condicionar al espectador hacia el
consumismo, el derroche y/o el endeudamiento. También le meten en la cabeza el
concepto de que “nadie es feo”. Basta sólo con ver a los jóvenes de ambos sexos
que aparecen en las cuñas y vallas publicitarias, todos ellos apuestos y
atractivos, como diciéndole al espectador pasivo: “tú puedes ser como yo,
joven, atractivo y triunfador”... En la única cuña venezolana protagonizada por
un “feo”, (el luchador llamado “Lotario”), éste perdió una pelea con una bolsa
de basura. La moraleja sería: “los feos son unos perdedores... hasta la basura
les gana. Ponte en la onda, deja de ser mal visto, usa este producto que te
hará atractivo y sueltecito”.
Aparentemente
las dos épocas no son comparables; sin embargo, trazando las vidas paralelas de
los niños descritos, y partiendo del principio que sus padres, aunque pobres,
no tengan mentalidad marginal, aúpen a sus vástagos hacia destinos superiores,
habrán de llegar a la Universidad cada uno en su tiempo. Esta es la gran
prueba, la definitiva, la final. Allí el pasado se queda en casa y sólo valen
la capacidad natural para aprender, el método de estudio, la disciplina y la
vocación. El muchacho interiorano sabe que si falla tendrá que volver a su
tierra a medrar, o si se queda en la gran ciudad ocupará cargos
insignificantes, los que en inglés llaman “odd jobs”. El citadino, por actuar
en su ambiente natural, tendrá más oportunidades.
Aludí
antes a los padres pobres, pero sin mentalidad marginal. Allí creo que ha
estado la gran virtud del Zaraceño, que fiel a la tradición de pertenecer a la
Atenas del Llano, por muy pobre que sea, ha sacado a su familia hacia delante.
El pobre de mentalidad marginal es conformista; no lucha, todo lo da por
preestablecido. Si el hijo por alguna razón falla, en vez de ayudarlo a
enmendarse, a encarrilarse, establece como axioma que ¡ese hijo mío sólo sirve
para peón! Ésta es la peor de las marginalidades..., la mental.
UN MUCHACHO DE PUEBLO (2)
Manuel Soto
Arbeláez.
Decíamos
en los párrafos anteriores de la importancia que tenían algunos vocablos en la
formación de un niño semirural o semi-citadino, en los confines del Alto Llano
en las décadas de 1940-1950 y principio de los 1960s. Las ¨Palabras-concepto¨
definían su modo de ser y la utilización repetida formaban parte de su diario
quehacer. Así que, a manera de ejemplo, exponíamos que carburo o kerosén, eran
símbolo de iluminación. Al oír nombrar casimba, la relación directa era con el
agua. Calostro se relacionaba con vaca recién parida. Sudadero o gurupera
(grupera) con bestia de transporte. Granzón con camino polvoriento. Cántara con
leche. Pichero con yogurt. Pila con linterna. Capellada con alpargata. Guáimaro
con bácula y carne de venado. Pollino con burro... y así podemos relatar más de
100 términos que eran de uso diario, pero que ahora han desaparecido porque no
forman parte de la necesidad diaria del niño del siglo veintiuñérico.
En
cuanto a la educación sexual ésta se hacía en vivo y de forma natural, pues en
el mismo ambiente hogareño se presenciaba, sin mojigaterías moralistas por
parte de los mayores, cómo se apareaba el gallo con la gallina, el caballo con
la yegua; el burro con la burra o con la yegua, (burrote le tira palo a todo
mogote); el toro con la vaca, etc. Después, pasado el periodo de gestación, se
preparaba y ayudaba al animal a parir. De seguidas se enterraba la placenta y
se procuraba que el recién nacido mamara calostro, para que se criara fuerte y
se limpiara por dentro. ¡Eso era educación sexual directa, sin explicaciones
engorrosas!
El
consumismo no se conocía. Demasiado hacía un padre de familia consiguiendo recursos
y víveres para el diario yantar. La ropa y el calzado eran escasos y muy
modestos. De esta manera el concepto de belleza no podía estar ligado al
atuendo. ¿Podría considerarse
elegante a un señor vestido de liqui-liqui de dril y en alpargatas? ¿O a una
señora con un camisón de crehuela y zapatos tipo múcura?... Un concepto benigno
a aplicárseles sería el de sobriedad. No se necesitaba ser triunfador,
atractivo y llamativo. Ser uno mismo era más que suficiente. La belleza no
estaba asociada a ningún producto comercial. Además la gente era menos
vanidosa, más auténtica. Al verse en un espejo, cada quién sabía lo que era.
Los feos debíamos llevar esa cruz con dignidad, o consolarnos con la ridícula
frase: ¡Bella es el alma!
Retomando
el hilo volvamos al caso del niño rural o semiurbano en los 40s y 50s del siglo
XX, para quien prácticamente cada término o palabra tenía una importancia
fundamental en su quehacer diario. Dentro de aquel gran cuadro de escasez
provocado por la segunda conflagración mundial, el tener, por ejemplo, un par
de alpargatas nuevas era una gran cosa, algo inolvidable. En el campo no había
planta eléctrica y en el pueblo existía una que la prendían de 7 a 9 p.m.;
quien poseyera un receptor de radio podía oír las noticias en onda corta por la
BBC., cuya transmisión comenzaba diciendo, “aquí Londres...”. La iluminación
nocturna se hacía con carburo, así que esta palabra, al igual que kerosén, era
sinónimo de iluminación. El niño campesino que se acercaba al pueblo en horas
nocturnas recibía tremendo susto, al ver tantas luces prendidas. Aquello era
todo un espectáculo para él. Como no había acueducto se debía ir al río para
hacer “casimbas”, para obtener agua por percolación. El transporte del líquido
se hacía en barriles de madera, terciados a la silla -o fuste de pericoco- de
un burro.
Muchas
otras palabras-conceptos formaban el vocabulario infantil, constituyendo cada
una de ellas parte de sus medios de subsistencia; eran parte de sí, por eso su
fijación en la mente fue eterna.

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