II ENCUENTRO DE HISTORIADORES Y CRONISTAS DE TUCUPIDO
Tucupido desde sus orígenes hasta la contemporaneidad
“PORQUE LA
INFANCIA
ES LA MAYOR
FÁBRICA
DE SUEÑOS”
20
Y 21 DE Mayo de 2010
Tucupido
¿Qué
será lo que tú tienes?
Pueblito
del Llano adentro
Que
por ti un inmenso amor
Y
una gran nostalgia siento
¿Por
qué será que mi pueblo?
Tiene
eso tan peculiar
Que
quien se va de su suelo
Siempre
quiere regresar
Que
quien ya no ve su cielo
Jamás
lo puede olvidar
¿Será
su Plaza Bolívar?
¿Será
su Bajo La Nueva?
Será
su gente bonita
Tan
humilde y servicial
Con
su don hospitalario
Para
quienes ven llegar
Para
mi hueles a infancia
A
pan de horno, alfeñique
A
conservitas de coco
A
ciruelas y posicles
Para
mí, sabes al cielo
A
esa pasta a la italiana
Que
cocina mi mamá
A
ese quesito de mano
Sabor
de tu identidad
Para
mi tú eres un cuento
Que
me lleva a aquellos tiempos
En
donde existió una fuente
Con
los tres colores patrios
Y
estaba Chicho el barbero,
Salvador
Capezutti,
Francisco
Ricca y don Pancho.
Para
mi serás eterno con tu preciosa sabana,
Tus
incontables estrellas, tus luminosas mañanas
¿Qué
será lo que tú tienes,
Que
es eso que infundes tú,
Porque
siempre te recuerdo
En tu Domingo Vermouth?
Teresa
Samele
¿Hasta
qué punto, la historia es la vida o la vida es la historia? Yo no consulté
libros reconocidos referentes a hechos
recopilados por cronistas ponderados sobre el devenir histórico de mi pueblo,
cuyo nombre proviene de voces Palenques y Cumanagotos, TOCOPIO, o Tucupido,
fundado en 1.760 por un religioso proveniente de otras latitudes; cuando era
niña, mis libros de historia no narraban estos acontecimientos, debemos apreciar que
estos datos se han dado a conocer hoy día, gracias a hijos e hijas de este
poblado que desde hace poco tiempo se dieron a la tarea de desempolvar
el bello origen enmarcado en aquella alborada
aborigen, paridora del gran gentilicio Tucupidense ¡para mí es un
orgullo el saberme descendiente de tan hermosa estirpe!
Quizás
muchos de ustedes no me conozcan, más debo confesar que es reciproco, pues salí
de Tucupido hace más de treinta años con el objeto de completar mi formación
académica, ¡pero soy Tucupidense al infinito por ciento!, mi sangre y mis genes
están impregnados de la historia y la geografía de Tocopio, de este lindo lugar
y el gentilicio me honra porque adorna lo que fui, lo que soy y lo que seré;
Tucupido fue la estancia en que se esparció mi primer llanto al nacer, la
sangre que me nutrió, la cuna que me meció y el sol que me vio crecer, los
lugares mil y mil del arenal en que fue impresa leve y sutil en loco juego
infantil, la huella de mis dos pies; en verdad, como dije antes, no consulté
libros de historia para venir a transmitir este trabajo y el amor a mi tierra.
Evoqué
los recuerdos de la más maravillosa de las infancias, vivida en el más hermoso
de los contextos, Tucupido, el guardián de mis tesoros, ¡Tucupido, el Granero
del Guárico!, valga la ocasión para
agradecer a las personas que me dieron la oportunidad de compartir con ustedes
la grandeza y belleza de una época que ya fue, que ya no es, que no será y tan
solo perdura en la memoria de algunos adultos con nostalgia de infancia, pero
es un libro latente que debemos aprovechar para aprender del pasado, comprender
el presente y asegurar un futuro lleno de respuestas, de amor al suelo nativo y
responder tres preguntas necesarias en la memoria colectiva Tucupidense,
¿Quiénes fuimos?, ¿Quiénes somos? Y la más importante ¿Qué queremos ser?
En
Las Puertas Del Cielo, libro en el que sustenté esta ponencia, porque la
infancia es la mayor fábrica de sueños y aunque el tiempo pase tal cual los
granos de arena en un reloj de cristal, nos cambie la cara, el carácter, la
manera de pensar, los gustos, aunque manipule nuestros intereses y la bruma de
los años nuble nuestras mentes, Tucupido siempre ha estado allí, en lo más
profundo de nuestro ser, en nuestra psiquis y recuerdos, sobre todo si hemos
tenido que emigrar a otros lugares por cualquier causa; pero sabemos de la gran
nobleza del alma pueril que todo le divierte y a pesar de lo bueno y lo malo
siempre aflora la magia que hace el milagro de llegar a pensar que el contexto
de nuestra niñez era como vivir en el cielo o por lo menos, en sus puertas.
Por
eso evoco aquel tiempo del pasado Tucupidense, aquellos tiempos de azúcar
cuando el dulzor del majarete, las conservas de coco, del pan de horno, del
alfeñique, del dulce de leche, comenzaba a competir con el nuevo sabor del
cocosette, de la leche condensada, de las frunas de los sacamuelas, del ping
pong y la frescura de los raspaos, la chicha, el carato de maíz, los posicles
igual lo hacía con el sabor de la Pepsicola, la colita Grapette, la Fanta y la
Orange Crush y las barquillas y tinitas elaboradas en aquella fuente de soda
atendida por el señor Alberto Lapiolli y su esposa doña Alicia, también
competían con los nuevos helados traídos por heladeros en carritos que andaban
por las calles del pueblo con campanitas y su musiquita que siempre sonaba
igual.
Y
vendían los helados morochitos, los de
sabor a limón, a naranja, a uvas, los Bati Bati con una rica porción de
chicle al final de su envase y el delicioso pastelado, por ello en nuestras
alcancías atesorábamos con el mayor de lo celos, aquellas humildes moneditas
salidas del mágico e inagotable monedero de papá o mamá: la puyita, la lochita,
el mediecito, el realito y si tenías suerte, el bolívar completo; para alguna
ocasión especial de degustar cualquiera de estas granjerías hoy día típicas y
pertenecientes al patrimonio cultural gastronómico de nuestro pueblo o
cualquiera de estos confites y nuevos sabores que en aquellos días despertaban
las expectativas y antojos de la chiquillería Tucupidense y al que debe nuestra
infancia tantos dolores de muelas.
Tornan
a mi memoria, tumultuosa y desordenadamente, recuerdos, ¡tantos recuerdos!, sin
distinguir mucho de un año o de otro, ni a una persona de otra, ni a un sitio
de otro, solo momentos como aquellas frescas mañanas cuando las calles del
pueblo se llenaban de muchos niños, niñas y jóvenes que asistían a sus casas de
estudio, ataviados con uniformes escolares de diversos modelos y colores,
rostros de insignes dadores de conocimiento que contribuyeron a la formación
como entes pensantes de muchos chiquillos y chiquillas, hoy respetables
miembros del colectivo Tucupidense, grandes pedagogos que estuvieron a nuestro
lado cuando el mayor problema para nosotros era no saber resolver una suma de
cuatro dígitos y pedir prestado en la operatoria de la resta.
Cuando
el peor castigo del mundo era que nos
pusieran a escribir en el cuaderno “debo portarme bien“, cuando llegar al liceo
por primera vez, era todo un cúmulo de expectativas y temores y nos asustaba calcular
la raíz cuadrada de un número o el fatídico teorema de Pitágoras, docentes como
doña María Antonia Barrios, valiente educadora, quien a pesar de sus
limitaciones físicas, abrió las puertas del saber en su humilde escuelita, la
señora Carmen Risso, o la maestra Carmita llamada así con cariño, Yolanda
Guevara, de quien nunca olvidaré sus abrazos, gestos de amor y aliento en mis
triunfos y fracasos, Carmen Wilches tan popular y querida entre sus pupilos,
Argelia de Ruiz con una sonrisa que iluminaba el mundo, Alfredo Mejías,
Encarnación Balza, Joel Lugo.
Todos
ellos con una ética profesional sin límites, fungiendo como apóstoles de
sabiduría en diferentes instituciones: el J.M. Núñez Ponte, hoy día Luis
Giulietta Ramos, el Félix Antonio Saá, el Narciso López Camacho, el María
Inmaculada, el Víctor Manuel Ovalles, trincheras de la lucha por la moral y las
luces que han visto pasar por sus aulas a innumerables generaciones de
Tucupidenses y han trascendido en el tiempo y la historia de esta prometedora comunidad
Ribense preparando para la vida a
hombres y mujeres que han sabido dejar muy en alto el nombre de su lar nativo,
a su pueblo el cual siempre los ha esperado y los esperará desde cualquier
lugar y posición que el porvenir les depare, como dijo Bolívar: “Primero el
suelo nativo”
Remonto
a galope sobre el corcel del tiempo y regreso a esos luminosos días de mi
niñez, a esas casas en su mayoría coloniales, con techos de tejas, amplios
ventanales, zaguanes y patios interiores, a la Placita del Sol, escenario de
muchas excursiones escolares, a La Represa en busca de un refrescante y solaz
baño, a la Casa Ganadera, a La Compañía, al Club Talon con su piscina y
hermosas fiestas, a aquellos 31 de diciembre después de las doce de la noche
para ir a la plaza y dar el feliz año a amigos y conocidos, a mi querida e
inexistente casa de la calle Bolívar número dos, con su hermoso patio siempre
lleno de rosales en flor sembrados por la manos maravillosas de mi mamá doña
Ana de Samele.
Cuando
llenar una bolsa de metras nos mantenía ocupados toda una tarde y las chinas y
los globos de colores llenos de agua eran el arma más letal que podías tener en
tu poder, no teníamos PlayStation, ni computadoras, ni tv por cable, ni
siquiera televisión, eran contadas las familias en el pueblo que lo poseían, ni
PSP, ni DS, pero ¡cómo nos divertíamos jugando la cebollita, el escondido, la
moda, el quiao, muñecas, la semana, el avión, fusilado, Troya, ajiléis, carga
la burra, papagayos, pelotita de goma, perinola y bailar la raspa: la raspa
zumba el son de Méjico vacilón, así así así, así es que lo bailo yo, el gallo,
el gallo, la gallina y el caballo, se pusieron, se pusieron, se pusieron a
pelear, ¡que sí que no, que en mi casa mando yo!
¡Oh!
Queridas calles de mi niñez, en donde fuimos arquitectos y protagonistas de
todas las diabluras posibles y nuestros pasos de niñas y niños pisaron
corriendo alocados haciendo paradas para saludar a algún amigo compañero de
juegos o en el portal del Cine Ribas o del cine América y saber de las películas
que se transmitirían en los próximos días, sobre todo en el Domingo Vermouth y
en el matinée, en aquel tiempo el mundo despertaba y había que conocerlo en su
máxima expresión, muchos cambios se gestaban sobre todo en el campo de los
medios audiovisuales que evolucionaban al mismo ritmo del despertar de aquella
generación que crecía escuchando la radio, leyendo libros, suplementos de tiras
cómicas y foto novelas de Corín Tellado.
Generación
que debía transitar dichas calles, para hacer algún mandado a la venta de
víveres y panadería de Bigotes, la carnicería de los Ricca, la Farmacia Fleming
o la Botica de don Carlos Rodríguez, a la fuente de soda a comprar café recién
molido, a la bodega del señor Napoleón, la del señor Colorado, o donde el señor
José Martínez, Abastos La Preferida, pionera de los supermercados de hoy o el
remanente de las pulperías de épocas ancestrales, porque allí conseguías todo
lo imaginable y de allí, llegar a La Pancadita, la quincalla de doña Eloísa,
todo un mundo en regalos y juguetes que despertaban nuestras ansias lúdicas,
aunque en esos días los mejores juguetes eran los que emergían de nuestro
intelecto, elaborados por nosotros mismos.
Viejas
calles de mi amado pueblo cuyos vestigios aún existen con ese asfaltado
pedregoso, que se llenaban del ruido emitido por nuestros patines con ruedas de
hierro en las noches decembrinas y en las frías madrugadas de las misas de
aguinaldo escuchando los cohetes y las campanas de la iglesia y se adornaban
con bambalinas de colores para los hermosos desfiles y fiestas de carnaval, en
las ferias de San Rafael y de una fe divina en la Semana Santa cuando las
tardes se tornaban violeta en honor al Nazareno, ¿quién no corrió tras aquellos
desfiles de hermosas carrozas y diferentes alegorías para agarrar la mayor
cantidad posible de caramelos y no dejar pasar ni un solo detalle del
espectáculo que presenciabas para atraparlo en los mejores recuerdos?
¿A
que niña o niño de aquel tiempo no le gustaba recorrer el pueblo descalzos en
las tardes de lluvia? Y se emocionaba al escuchar o repetir la expresión
¡quiao, quiriquiquiao, si no me agarras te echo miao! Mientras lo jugaba en la
plaza Bolívar llena de cayenas en las tardes domingueras, luego de los
servicios religiosos o al escaparse de la iglesia en plena misa y se detenían
repentinamente, por voluntad propia en medio de la carrera o del juego que
estaba realizando al escuchar las notas del Himno nacional interpretado por la
Orquesta Municipal, bajo la dirección de Lalito y los miembros del cuerpo policial
en estricto orden, vestidos con sus uniformes de color kaki rendían honores al
pabellón patrio para luego comenzar con la retreta dominical.
Hermosa
y emblemática Plaza Bolívar, todo un mundo en nuestras vidas, en donde
conocimos la amistad, el compañerismo, el amor, la solidaridad, aunque parezca
una paradoja así fue, en aquella época era posible, testigo de nuestros juegos
y primeras querellas y a pesar de los chismes y juicios encontrados siempre
brindó refugio a los enamorados, con sus frondosos árboles para jugar al
escondido y el rey de todos, el viejo cotoperí, cuyos frutos fueron los
caramelos más dulces y nutritivos que he degustado en toda mi vida, flanqueada
por la iglesia Católica, el templo Evangelico, la Logia Masónica, la Jefatura
de policía, el cine Ribas, el cine América, el club don Alberto, con los
choferes del pueblo pregonando diariamente ¡La Pascua, La Pascua!
Y frente de la plaza, la Barbería Shop, llena
de espejos, grandes vidrieras, con su perfume a loción para después de afeitar
y aquella colección de barquitos de guerra que deleitaba a los niños, mientras
esperaban su turno hasta que llegaba el fatídico momento de enfrentarse a la
máquina cero, atendida por Francesco Samele o como todos lo llamaban Chicho el
barbero, mi papá, quien llegó a Tucupido proveniente de tierras lejanas
abatidas por la segunda guerra mundial junto con otros inmigrantes como
Francisco Ricca, Salvador Capezutti, Gino Lapiolli, Nino Celeste, los hermanos
Di Pinto, el gran constructor Domingo o Uruzzo, como lo llamaba papá por
cariño, míster Sylva y los que llegaron del lejano Oriente como la familia
Fares y la familia Cafruni.
Ellos
y muchos otros sentaron sus raíces y cimientes en esta tierra, buscando un
destino, una vida mejor y aportaron su grano de arena para engrandecer a
Tucupido, recordemos que nosotros los latinoamericanos somos un hermoso pueblo
de mestizos, un producto forjado con mucho dolor, pero aquí estamos, aquí
seguimos y seguiremos y esa inmigración durante la época de la posguerra de otros
continentes para acá, terminó de consolidar ese mestizaje, para dar paso a todo
un crisol de características físicas y saberes a nivel religioso, social,
gastronómico, es lo que hoy día llamamos Diversidad Cultural, términos que nos
dan a entender sobre la convivencia de grupos humanos de diferentes orígenes en
un mismo espacio geográfico, en sana paz y tolerancia.
¡Titirijí!,
que viene el muerto, el escabezao, La Zorra, Vitorina, Ramón pate' grillo,
Tamarindo, Bachiller, el dueño y señor de Tucupido, según sus propias palabras,
¿quién no se asustó con esa ancestral expresión, inventada sabrá Dios cuando y
muy usada en aquella época para infundir temor a los más pequeños, ¿cuál de
nosotros, los chiquillos y chiquillas de aquel tiempo no sintió alguna vez sus
pompis adoloridos mientras padecíamos alguna enfermedad temporal propia de la
infancia, cuando vio llegar a casa a Anita Pérez con su inyectadora de vidrio?,
o al popular Rojitas, o al doctor
Vargas, apóstol de la medicina, quien cumplía con gran devoción su labor médica
o se negaba a tomar los certeros remedios elaborados por las manos sabias de
don Carlos Rodríguez.
Cada
día, cada hora, cada lugar de mi pueblo, representaba una escuela, una aventura
y finalmente una enseñanza, imposible ignorar la poesía que nos rodeaba,
imposible ignorar esta realidad, las bellezas naturales de mi lar nativo,
incitaban a formar parte de la misma: El Bajo La Nueva, colmado de diferentes
verdores en donde siempre percibí la presencia del creador, La Represa con su inmensa
laguna, espejo en donde podías mirar su rostro, Cují Negro, con su cielo lleno
de colores, Macairita y Tamanaco, testigos silentes de innumerables paseos,
escapadas inocentes de pequeñuelos a los que les era imposible ignorar la
maravillosa inspiración del creador del universo cuando con su pincel mágico
dio forma y color a la geografía Tucupidense.
El
contacto con estos lugares, y con la naturaleza, nos moldeó y humanizó. Forjó
en nosotros valores y sentimientos de arraigo y pertenencia importantísimos a
través de la belleza de la creación paseando por sus colores, olores y
espectaculares formas, donde una frase tan inocente como “¡el último en llegar
es un…!”, nos hacía correr desaforadamente, solo por alcanzar de primerito las
puertas del cielo, allá al final del horizonte, en donde la sabana estiraba sus
caminos que iban y venían de principio a fin.
Por
eso, yo te nombro Tucupido inmortal
Mi
pueblito querido que no puedo olvidar
¡Qué
importa si mi vida no retoñó en tu huerta!
Como
dijo un poeta, mucho mejor que yo
Cuyas
letras y escritos todo el mundo respeta
Volveremos
a vernos, debes darlo por cierto
Aunque
ya tú estés viejo, aunque yo me haya muerto
TERESA SAMELE
BIOGRAFIA
DE TERESA SAMELE
Nació
en Tucupido, estado Guárico un 21 de Marzo de 1.958, egresada del Centro de
Capacitación Docente El Mácaro como maestra normalista y luego del Pedagógico
de la ciudad de Maracay como profesora en Ciencias Sociales, posteriormente
cursó estudios de Folclore y Etnomusicología en el Instituto Latinoamericano de
Folclore y cursó un posgrado en Cultura Popular en la Universidad Rómulo
Gallegos, es autora de varios trabajos de investigación en el campo educativo y
cultural reconocidos a nivel nacional e internacional, entre ellos destacan: La
inserción del Folclore en la Praxis pedagógica, La proyección de La Danza
Tradicional en La Labor Docente, La llora, legado Ancestral de Aragua, La
Enseñanza De La Historia A Través de La Danza Tradicional y La Pedagogía Del
Amor.
Autora
de los siguientes libros: Leyendas, Cuentos, Cantares y Tradiciones de Zuata,
estado Aragua, Maracayando, El Tiempo de Las Reglas Locas, y su obra más
querida, En Las Puertas Del Cielo, en la actualidad es docente jubilada,
miembro del Movimiento Pedagógico Latinoamericano y directora de La Fundación
Magisterial de Cultura Popular, agrupación que se dedica a la investigación y
puesta en escena de la Danza Tradicional a nivel nacional e internacional.
BIBLIOGRAFIA CONSULTADA PARA ESTA PONENCIA
EN LAS PUERTAS DEL CIELO, DE TERESA SAMELE



